Oraciones

Novena al Sagrado Corazón de Jesús

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1. Oh Jesús mío, que dijiste: «En verdad os digo: Pedid y recibiréis, buscad y encontraréis, tocad y se os abrirá», he aquí que toco, busco y pido la gracia…

(Colocar aquí la intención).
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

V/. Sagrado Corazón de Jesús.
R/. ¡En Vos confío!

2. Oh Jesús mío, que dijiste: «En verdad os digo: Cualquier cosa que pidáis a mi Padre en mi

nombre Él os lo concederá», he aquí que a vuestro Padre en vuestro nombre pido la gracia…

(colocar aquí la intención).

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

V/. Sagrado Corazón de Jesús.
R/. ¡En Vos confío!

3. Oh Jesús mío, que dijiste: «En verdad os digo: Pasarán el cielo y la tierra pero mis palabras no pasarán jamás», he aquí, que apoyado en la infabilidad de vuestras santas palabras pido la gracia…

(colocar aquí la intención).
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

V/. Sagrado Corazón de Jesús.
R/. ¡En Vos confío!

Oración.

Oh Sagrado Corazón de Jesús, a quien sólo una cosa es imposible, esto es, la de no tener compasión de los infelices, ten piedad de nosotros, miserables pecadores, y concédenos la gracia que os pedimos por intermedio del Corazón Inmaculado de vuestra y nuestra tierna Madre.

V/. San José, amigo del Sagrado Corazón de Jesús.
R/. Ruega por nosotros.

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Espiritualidad

La historia del festivo árbol comienza en los densos bosques de Alemania, en el siglo VIII.
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diciembre 26, 2021

La historia del festivo árbol comienza en los densos bosques de Alemania, en el siglo VIII. El gran San Bonifacio, obispo y apóstol de aquellas tierras, había estado atrayendo un buen número de tribus paganas al rebaño de Jesucristo. Pero su labor no era fácil. A veces, los conversos, cuya fe todavía era vacilante, recaían en las perversas costumbres de sus antepasados.

En cierta ocasión, Bonifacio tuvo que realizar un largo viaje a Roma, donde fuera para pedir consejo al Papa Gregorio II. Meses después, al volver a la región del Bajo Hesse, sorprendió horrorizado a algunos nativos que estaban a punto de realizar uno de los holocaustos humanos exigidos por la religión primitiva. Liberando a los nueve niños que iban a ser víctimas, el celoso obispo quiso entonces dar un testimonio público de lo impotentes que son los falsos dioses delante del Cordero de Dios.

San Bonifacio y el dios Thor.

Mandó talar un enorme roble de Thor, bajo el que se iba a realizar el sangriento sacrificio. Los sacerdotes paganos le amenazaron con ser fulminado por los rayos del dios del trueno. Sin embargo, derrumbado el árbol, nada sucedió, para humillación de los paganos.

Los relapsos se arrepintieron entonces, y muchos idólatras pidieron el sacramento del bautismo. La caída del árbol de Thor representó la caída del paganismo en aquellas regiones.

Los germanos, ya pacificados y convertidos, adoptaron entonces el pino como símbolo cristiano. Él siempre apunta al cielo y su ramaje eternamente verde nos recuerda Aquél que nos concedió la vida eterna. Bajo sus ramas ya no hay ofrendas crue les, sino los regalos en honra de Cristo recién nacido.

El Árbol de Navidad Hoy...

Años y años más tarde, el árbol de Navidad traspuso las fronteras de Alemania. En los siglos XVIII y XIX se hizo habitual entre la nobleza europea, alcanzando las cortes de Austria, Francia e Inglaterra, hasta la lejana Rusia. De los palacios se extendió al pueblo de Europa, y, por fin, en los días de hoy, lo encontramos por todo el orbe.

(Revista Heraldos del Evangelio, Dic./2007, No. 72)

María Santísima

Nuestra Señora del Pilar es la primera devoción a la Madre de Dios.
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octubre 28, 2021

Nuestra Señora del Pilar es la primera devoción a la Madre de Dios. Cuando Jesucristo, antes de regresar al Padre, les dio a sus Apóstoles y discípulos las últimas instrucciones referentes a la misión que les encomendaba en esta Tierra, les dijo: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19).

Indicándoles con esto que el anuncio de la Buena Nueva no debía restringirse sólo al Pueblo Elegido, sino que, por el contrario, debía abarcara todos los hombre.

Misteriosos fueron los caminos que el Señor escogió para hacer efectivo ese mandato. Las primeras predicaciones de los Apóstoles, inmediatamente después de Pentecostés, tuvieron lugar en Jerusalén (cf. Hch 2, 41ss). Produjeron tal avalancha de conversiones que hizo estallar el odio del sanedrín contra ellos.

Entonces, comenzó una oleada de violentas persecuciones, aguza das en el período en el que —a causa de la salida de Pilato del gobierno de Judea— se creó un vacío de mando y el sanedrín tuvo de hecho el poder en sus manos.

Por eso, muchos cristianos se vieron obligados a huir hacia otras tierras, llevando con ellos el testimonio de una fe acrisolada por las probaciones.

Eran la levadura que empezaba a penetrar en la masa del mundo pagano para transformarlo desde dentro por completo.

En ese momento histórico fue, sin duda, cuando varios Apóstoles partieron hacia tierras de misión.

Y a uno de ellos, como lo había profetizado el Maestro, le tocó viajar hasta “el confín de la tierra” (Hch 1, 8) conocida por aquel entonces, hasta el mismo finis terræ, delimitado por las mitológicas columnas de Hércules: Hispania, una de las más prósperas colonias del Imperio, rica en recursos minerales y cuya gente se había integrado en la estructura administrativa y cultural de Roma.

Difícil misión para el “hijo del trueno”.

Según una venerable tradición, le correspondió este encargo a Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo. Debió llegar a la Península Ibérica a bordo de algún barco fletado por judíos de la diáspora, pues numerosos escritos de la Antigüedad cristiana mencionan, desde el siglo III, aspectos de su presencia en esa región.

Muy poco se conoce, no obstante, sobre las circunstancias de su predicación. A respecto del lugar en que el apóstol arribó y el recorrido que siguió, los datos disponibles permiten tan sólo aventurar hipótesis.

Sin embargo, se puede dar por sentado que en el año 40 se encontraba en la ciudad de Cæsaraugusta (actual Zaragoza) donde, después de infaustas labores misioneras, había obtenido frutos muy modestos.

Según consta, sólo siete familias habían abrazado la fe en Cristo en toda la nación. Éstas lo acompañaban en sus lides por la expansión del Reino.

Grande tuvo que ser la probación por la que el “hijo del trueno” pasó al constatar unos resultados tan por debajo de los anhelos de un alma fogosa como la suya, que había presenciado las proficuas predicaciones en Jerusalén, con multitudes enteras convirtiéndose a la Ley Evangélica.

 Y bien podemos suponer que el demonio del desánimo hubiera llamado a las puertas de su corazón… Confianza y oración eran las únicas armas a su alcance en esta difícil coyuntura, y se dispuso a usarlas.

Inesperada y animadora visita de Nuestra Señora.

La madrugada del 2 de enero del año 40, el apóstol Santiago salió del recinto amurallado de Cæsaraugusta para ir a la orilla del río Ebro a rezar los salmos del Dios verdadero, costumbre judía que los primeros cristianos aún conservaban.

Seguramente estaría pensando en el desdén con que los habitantes de aquella ciudad, inmersos en el paganismo y en el vicio, despreciaban la invitación a la verdadera vida.

Había llegado el momento escogido por la Providencia para marcar por los siglos a una nación entera.

De repente, una intensa luz envolvió el ambiente y una gran multitud de la milicia celestial se hizo visible. Pero aquella fabulosa visión, que contrastaba con la dura prueba por la cual estaba pasando el apóstol, no era sino el marco de lo que vendría enseguida.

María Santísima, la Madre de Jesús, que aún estaba viva y moraba en Jerusalén, llegaba sobre una nube traída por manos angélicas hasta el sitio donde se encontraba Santiago.

Junto a Ella, otros espíritus celestiales portaban una columna de jaspe, de la altura de un hombre y de un palmo de diámetro. La pusieron en el suelo y la Virgen se posó sobre ella, saludando con afecto al intrépido apóstol, que contemplaba extasiado el inaudito espectáculo.

Por un singular privilegio, Santiago iba a recibir directamente de los labios de Nuestra Señora el consuelo y ánimo que necesitaba para continuar con determinación su batalla, seguro de que las dificultades del momento constituían tan sólo una prueba cuya superación le traería abundantes frutos espirituales.

 Y como prenda de este celestial mensaje, Nuestra Señora quiso dejarle al hijo de Zebedeo el pedestal sobre el que había pronunciado palabras semejantes a estas:

“Mira esta columna en que me asiento. Sabe que mi Hijo la ha enviado desde lo alto por manos de los ángeles.

En este lugar la virtud del Altísimo obrará prodigios y milagros admirables por mi intercesión y reverencia a favor de aquellos que imploren mi auxilio en sus necesidades, y la columna permanecerá en este lugar hasta el fin del mundo, y nunca faltarán en esta ciudad fieles adoradores de Cristo”.

Concluida la celestial e inesperada visita, Santiago se encontró nuevamente a solas con sus discípulos.

Podemos imaginar la alegría que se apoderaría de aquel reducido grupo de cristianos: la Madre de Dios había ido a consolarlos en la tribulación, dejándoles un peculiar símbolo del que, como fruto de su apostolado, debería ser la fe inquebrantable de aquel pueblo.

Los primordios del actual santuario de Nuestra Señora del Pilar.

De cualquier forma, los frutos de la predicación del apóstol y su pequeño grupo de seguidores no se hicieron esperar. A partir de ese momento la fe comenzó a crecer con fuerza tanto en Zaragoza como en el resto de la Península Ibérica.

San Pablo ya hablaba de la existencia de una Iglesia en España (cf. Rm 15, 24) y son constantes las referencias a ella en el transcurso de la Historia.

Y cuando en el siglo IV empezó la persecución de Diocleciano, Santa Engracia y sus compañeros escribieron con su sangre en aquella ciudad el bellísimo episodio de los “innumerables mártires”, narrado por el poeta Prudencio en su obra Peristephanon.

Nuestra Señora del Pilar, inabalável durante dois mil anos.

Fundada por los íberos en el tercer siglo de la Era Antigua, Zaragoza experimentó a lo largo de su multisecular historia el influjo de diversas razas y culturas que modelaron poco a poco el carácter de su gente.

Cerca de quince años antes del nacimiento de Cristo se transformó en una ciudad romana, adquiriendo el nombre de Cæsaraugusta , en honor al emperador.

Más tarde fue habitada por visigodos, conquistada por musulmanes, reconquistada por los cristianos y, en tiempos más recientes, dominada por los franceses durante la invasión napoleónica.

Pero, en medio de todas esas vicisitudes, algo se mantuvo inalterado a despecho de tanta desgracia.

Desde el siglo I de la Era Cristiana hasta nuestros días, late en el corazón de los zaragozanos la fe católica profesada bajo el manto de Nuestra Señora del Pilar, devoción que ni las furibundas persecuciones romanas, ni la dominación visigótica, ni el orgullo de la herejía arriana, ni la invasión sarracena, ni las bayonetas del ejército de Napoleón, cargadas de odio revolucionario contra la Religión, consiguieron destruir.

Ante el oleaje de la Historia, impulsado a menudo por una saña anticristiana, el Pilar y el culto a Nuestra Señora permanecieron imperturbables, por merced de la especial protección profetizada por María en el momento de su aparición.

Intolerancia de los Almorávides.

Dejemos para otra ocasión los interesantes acontecimientos ocurridos durante las dominaciones germánicas y situémonos en la segunda década del siglo VIII, cuando, aprovechando la decadencia de la dinastía visigoda, los guerreros del Islam conquistaron la casi totalidad de la Península Ibérica.

Los nuevos señores de las Españas, dependiendo de las circunstancias concretas con las que se encontraban en cada parte, impusieron condiciones muy diversas a la práctica de la Religión católica, que variaban desde la persecución declarada hasta una tolerancia benévola.

En Zaragoza el culto fue autorizado, aunque con pesadas restricciones, entre ellas la prohibición de hacer cualquier reparación en los templos, lo que lleva a preguntarse qué estado tendrían esos edificios a medida que las décadas y los siglos hicieran sentir sobre ellos sus efectos…

Casi cuatro siglos llevaba la población bajo el dominio sarraceno cuando en 1118 Alfonso I el Batallador, un rey joven y emprendedor, acometió la reconquista de la ciudad.

El obispo Bernardo, expulsado poco tiempo antes de la sede cesaraugustana por la creciente intolerancia de los almorávides, acababa de fallecer; entonces como sustituto el monarca propuso al Papa Gelasio II el nombramiento de un virtuoso clérigo francés llamado Pedro de Librana.

El Sumo Pontífice, que se encontraba en el sur de Francia, le confirió la ordenación episcopal y colmó de beneficios espirituales a los que otorgasen alguna limosna para la reparación de la ciudad y de su iglesia.

Recuperada finalmente la ciudad, el nuevo obispo se puso manos a la obra para hacer efectivo el deseo manifestado por el Santo Padre de promover la restauración del vetusto recinto.

Entre otras disposiciones, envió una carta a todos los fieles de la cristiandad, en la que menciona a esta iglesia como siendo “prevalente” y la que “antecede a todas por su bienaventurada y antigua nombradía de santidad y dignidad”.

Ahora bien, si en el siglo XII ya era conocido en toda Europa, como lo atestigua la naturalidad con la que Mons. Pedro de Librana habla de él, no se puede negar que existiera antes de la invasión sarracena.

Pues si durante ese período de cuatro siglos, como hemos visto, no se le permitió a nadie realizar reforma alguna en los templos cristianos, a fortiori estaba prohibido edificar uno nuevo.

A partir de ese momento, la historia de la iglesia de Santa María de Zaragoza, como era conocida entonces, puede ser acompañada a través de los documentos que atestiguan los hechos más importantes ocurridos allí.

De éstos, destacaremos tan sólo dos que confirman la profecía hecha por la Virgen en su aparición al apóstol Santiago: “la columna permanecerá en este lugar hasta el fin del mundo”.

Historia y Creación

Un hombre reducido a la mitad de sus movimientos naturales dejó para la Historia una lección inolvidable, derrotando a la «invencible» armada inglesa en Cartagena de Indias.
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enero 3, 2022

El mar Mediterráneo asistía sereno a la aproximación de una tempestad más. Rayaba el día 24 de agosto de 1704 y cerca de las costas de Gibraltar, al sur de la península Ibérica, dos imponentes Armadas se daban cita. De un lado, ingleses y holandeses, una formidable flota «compuesta por sesenta navíos de línea, varias fragatas, con un total de 3600 cañones y casi 23 000 hombres».1 Del otro, saliendo hacia la conquista del estrecho, franceses y españoles unían sus banderas bajo las órdenes de Luis Alejandro de Borbón, conde de Toulouse e hijo de Luis XIV, y luchaban en nombre de su majestad Felipe V, nieto del Rey Sol recién asentado en el trono de España. Era el inicio de la Guerra de Sucesión.

Las fuerzas estaban equiparadas. En torno a las diez de la mañana las últimas órdenes sonaron, los barcos maniobraron y se dispusieron, de ambos lados, en tres bloques, a fin de cercenar al enemigo.

En la nao capitana franco-española, un joven oficial de 15 años pasaba revista a una línea de cañones. Un sudor frío caía por su frente, pero con paso firme, semblante circunspecto y voz definida inspiraba respeto y mantenía su autoridad, reprimiendo en su interior un miedo rebelde. El silencio agudo que antecede a las grandes calamidades anunciaba los postreros segundos antes de la deflagración general y le oprimía el corazón. Emociones del bautismo de fuego; era su primera batalla.

A lo lejos se oyó el estrépito sordo y grave de los primeros cañonazos. Enseguida, llamas, temblores, humo, destrozos. Silbaban las balas, saltaban las paredes y, con ellas, los hombres. Con dificultad se escuchó la voz de mando: «¡Fuego!».

El joven oficial, ¿dónde estaba? Una inclemente bola de plomo le había llevado mitad de su pierna izquierda. Deprisa fue encaminado hasta el «quirófano» —eufemismo para designar la terrible y mal iluminada mesa de amputaciones que, bajo el nivel del mar, acogía a los heridos en batalla. Se deslizaba en sangre. Toda la pericia del cirujano se medía en cronómetro, pues cuanto más tardara, mayor sería el peligro de que el paciente no resistiera la hemorragia o contrajera alguna infección.

Pusieron al joven sobre la mesa de operaciones: le hicieron tragar una buena «dosis» de aguardiente y, a continuación, le colocaron una cinta de cuero entre los dientes, todo a modo de anestesia.

La operación comenzó por extraerle los últimos trozos de carne que aún colgaban de su rodilla. Después, con una sierra, se le cortó la tibia y el peroné. Finalmente, el muñón fue sumergido en brea hirviendo para detener el sangrado. Todo esto en menos de un minuto.

Blas de Lezo – Museo Naval de Madrid

El muchacho soportó tales horrores con una bravura ejemplar, cuyo eco llegó a oídos de Luis XIV. Admirado, éste le concedió el título de Alférez de Bajel de Alto Bordo, al que Felipe V le acrecentó otras mercedes.

Este pequeño héroe oriundo de una modesta aristocracia de la localidad guipuzcoana de Pasajes de San Pedro, al norte de España, se llamaba Blas de Lezo y Olavarrieta.

La vida en el mar

¿Cómo reaccionaría un joven de 15 años tras semejante desventura? Sin duda, sufriría un trauma irreversible y abandonaría la carrera que ni siquiera había tenido oportunidad de empezar.

Pero no estamos en el siglo XXI. Blas de Lezo contemplaría aún muchas aventuras más. Si su vida se remontara a los tiempos medievales, el hombre moderno la contaría entre las leyendas; no obstante, como nació en febrero de 1689,2 podemos nombrarlo entre los héroes y narrar aquí, con precisión, su fascinante historia.

Blas aprendió a moverse con agilidad sobre una muy incómoda pierna de madera, que enseguida le valió el mote de «anka motz», en lengua vasca, es decir, el «pata palo».3 Bien adiestrado en andar e incluso en cabalgar, lo admitieron de nuevo a bordo.

Su nombre reaparece en la Historia en una misión de defensa de la ciudad de Peñíscola, donde participó del incendio de un barco inglés de 60 cañones. En agosto de 1705 fue convocado al auxilio que la marina franco-española prestaría a la ciudad de Barcelona, asediada por los opositores de Felipe V. En esta ocasión comandaría una pequeña embarcación, rodeada por navíos ingleses. El osado oficial ordenó que se usaran «balas rojas», bolas de plomo incandescentes. Incendió un barco enemigo y escapó del cerco en medio de nubes de humo.

Sediento de proezas por encima del mero deber, don Blas de Lezo fue destinado como teniente de fragata, con tan sólo 18 años, a la defensa del Castillo de Santa Catalina, en Tolón, desde el cual avistó una poderosa flota inglesa que se aproximaba. Parecía que la Providencia ponía a prueba la valentía del joven cojo, que esta vez tuvo la desdicha de perder el ojo izquierdo. Pero también sobrevivió a tan peligrosa lesión, que podría haberle costado la vida.

¿Habrá desistido de una carrera expuesta a tantos riesgos… —diría alguien quizá— «innecesarios»? No. En 1714 estaba al frente del navío Nuestra Señora de Begoña, también conocido como Campanela, de 70 cañones, con el cual participó en las operaciones de bombardeo de la ciudad de Barcelona, durante la guerra de sucesión que asolaba España. En uno de los embates, Blas perdió definitivamente el movimiento del antebrazo derecho, sus huesos y tendones quedaron destrozados.

Aquel «medio hombre», perseguido y tantas veces acariciado por la muerte, no se consideraba malogrado lo suficiente para que su conciencia lo dispensara del deber y de la aventura.

Naos británicas en Cartagena de Indias, por Isaac Basire – Biblioteca Nacional de Colombia, Bogotá

El 3 de febrero de 1737 zarpó hacia una nueva misión, al mando de un convoy con dos navíos principales: Conquistador y Fuerte. Su destino: América. Por segunda vez Blas de Lezo cruzaba el Atlántico. Estos viajes no eran nada fáciles, pero proporcionaban en aquella época grandes períodos de silencio y reflexión. En ese enorme y armonioso claustro llamado mar, ¡cuántas premoniciones no deben haber asaltado al desapegado capitán! El mayor desafío de su vida le esperaba al otro lado del océano.

Cartagena de Indias

El día 11 de marzo Blas pisó tierra firme. Abarcó enseguida, de una sola mirada, la formidable bahía de Cartagena y el lastimoso estado de sus fortificaciones. No había tiempo que perder. La ciudad, puerto «llave» de la colonización española en América Latina, había sido blanco de ataques y amenazas de todo tipo.4 Y las previsiones para el futuro no eran nada alentadoras. Un espía español, conocido por el apodo de El paisano, había obtenido en Jamaica informaciones muy seguras y precisas de que los ingleses pretendían colapsar el comercio y dominio español, cuyo objetivo principal era precisamente Cartagena de Indias.

Retrato de Sebastián de Eslava

Levantando el ánimo de una guarnición indolente, Blas reforzó la defensa de la ciudad. Participaba en los trabajos de construcción «no como corresponde a un general, sino como el último de los grumetes»,5 dando a todos ejemplo y estímulo.

Los planes de reparación y ampliación del general de la armada iban bien encaminados cuando se anunció que estaba próxima la llegada del virrey de Nueva Granada, don Sebastián de Eslava y Lasaga. Militar instruido y experimentado, muy celoso de su gran reputación ante la corte, parecía casi la antítesis de Blas de Lezo, que malamente pudo ocultar su decepción al oír sus primeras palabras. Lo veía quejarse del viaje y llorar sus penas, mientras una tripulación asombrada descargaba el barco en silencio. Ciento cincuenta cuerpos habían sido lanzados al mar durante el trayecto, víctimas del hambre o del escorbuto.

Un viaje terrible. Pero un marino como Blas —para el que el hambre, el escorbuto o el fuego enemigo no eran una novedad, y las privaciones de largos viajes no significaban otra cosa que los deberes de su oficio— no podía empatizar con un comandante que asumía su posición entre lloriqueos y lamentos…

Pese a ello, Blas se adelantó y le informó a Eslava del estado de las defensas de Cartagena y, sobre todo, le transmitió las últimas noticias acerca del avance inglés. No obstante, el virrey le restó importancia a esto último y le manifestó su idea de que el objetivo más probable sería La Habana y no Cartagena…

Hasta el final, Eslava sería de la escuela de los optimistas. Con respecto del trabajo realizado por Blas de Lezo no hizo más que destacar deficiencias —bien observadas, por cierto— con una sonrisa amigable.

Primeras amenazas

El día 13 de marzo de 1740 despuntó en el horizonte una pequeña escuadra inglesa, la cual abrió fuego para tentar a los defensores a salir de sus posiciones y mostrar sus fuerzas. Pero Edward Vernon, vicealmirante de la flota, sabía que aún no era el momento oportuno para el asalto. Estaba aguardando refuerzos y tan sólo quería hacer un reconocimiento de la ciudad. En esa espera, encargó a sus hombres otras misiones por los alrededores, para que el estruendo de pequeñas conquistas resonara aumentado en el Parlamento británico en honor de su nombre.

La flota inglesa regresó entonces a Jamaica para ultimar los preparativos, antes del ataque a Cartagena de Indias. Allí recibió un considerable refuerzo que arrojó «un total de 170 barcos y 30 000 hombres».6

Mientras tanto, continuaban los arreglos y reformas en las fortificaciones de Cartagena. Se levantaron baluartes de madera, se ampliaron las murallas y se verificó el estado de la enorme cadena de hierro que impedía el ingreso en la bahía. Eslava, «aún sin estar plenamente convencido de la eventualidad del ataque inglés», llevaba a cabo lo que desde hacía años venía haciendo Blas de Lezo, «sin que por ello se le reconociese su trabajo».7

Los españoles, por su parte, no habían recibido más refuerzos. Solamente contaban con seis navíos de guerra, con 460 piezas de artillería.

Comienza el ataque inglés

La probable tempestad se convirtió en realidad: el 13 de marzo de 1741 las velas de casi 180 embarcaciones despuntaron en el horizonte.

La armada inglesa se aproximó y bordeó toda la costa hasta el sur de la ciudad. En este recorrido abrió fuego contra las murallas, destruyendo las baterías de Chamba, San Felipe y Santiago.

Blas de Lezo se encontraba en el Castillo de San Luis de Bocachica, importante construcción que defendía la entrada de la bahía al sur. De allí le pidió a Eslava 300 hombres. Éste, molesto, le envió 150, a quienes les ordenó al día siguiente que regresaran a la ciudad…

El día 20 de marzo ocurrió lo más temido: los ingleses iniciaron el desembarco para asaltar la fortaleza de San Luis, incomparablemente más vulnerable por tierra. Con una multitud de nativos de Jamaica, cerca de 1000, empezaron la construcción de un primer campamento y de una batería.

Retrato de Edward Vernon, por Thomas Gainsborough – National Portrait Gallery, Londres

Mientras proseguían la avanzada terrestre, Vernon le ordenó a la armada que bombardeara la fortaleza. Fueron repelidos muchas veces por la artillería de las murallas y de la batería de San José que, desde el otro lado del canal llamado Bocachica, también abría fuego. En un solo día esta última quedó inutilizada por completo. No obstante, cuál no sería la sorpresa de los invasores cuando, en la jornada siguiente, la batería abrió fuego nuevamente, pues había sido reconstruida durante la noche bajo las órdenes del incansable Blas de Lezo ¡con tierra y restos de navíos!

A las siete y cuarto de la mañana del día 2 de abril de 1741 los españoles se llevaron una gran sorpresa. Los árboles en la dirección de Tierra Bomba habían desaparecido en un instante, desvelándose la espantosa escena de veinte cañones de cuatro libras y cuarenta morteros. Blas, semanas antes, le había insistido a Eslava que cortara todos los árboles de la isla, al objeto de evitar esa clase de emboscada… Aun así, como en otras muchas ocasiones, no fue escuchado.

Entonces Eslava convocó un consejo de guerra en la nao capitana Galicia. Durante el caluroso debate entre los oficiales, una bala de cañón entró en el camarote y destrozó la mesa sobre la que estaban trabajando, cuyas astillas se desperdigaron por todas partes, hiriendo levemente a Eslava; pero Blas de Lezo reunió algunas «condecoraciones» más a su cuerpo ya tan honrado por el fuego enemigo.

En su diario, en el cual hace poquísimas menciones de sus hazañas y es aún más lacónico sobre sus dolores, tan sólo anotó: «A las nueve de la mañana fui herido en un muslo y en una mano».8 Se negó a ser evacuado y continuó discutiendo con Carlos Desnaux sobre la mejor manera de abandonar la posición en San Luis.

En poco tiempo los ingleses conquistaron la entrada de la bahía, llegando hasta la última línea de defensa de los españoles. Estos iban abandonando y destruyendo fortalezas que, según la opinión de Eslava, serían posiciones insustentables. Blas, no sin razón, se indignaba, pues quería venderle cara al enemigo cada posición que fuera necesario dejar.

Para colmo de los altercados entre los dos comandantes, Eslava ordenó hundir los últimos dos navíos que les quedaban, para obstaculizarles el paso a los ingleses, lo que no tuvo utilidad alguna. Sin embargo, incluso anticipándose a estos desastres y, a veces, dejando escapar algunos zarpazos de su ira contenida, Blas siempre mantuvo intacta su obediencia a la autoridad legítimamente constituida.

Inesperada victoria

En ese ínterin, Vernon ya estaba cantando victoria. Envió a Inglaterra a la fragata Spence, al mando del capitán Lowes, con la noticia de la inminente toma de Cartagena. Allí «inminente» se tradujo por «indiscutible». Se dispararon salvas desde la Torre de Londres, repicaron las campanas y se llegó a distribuir monedas conmemorativas, en las que Blas de Lezo —con las dos piernas…— figuraba arrodillado ante el comandante británico y con la inscripción: «El orgullo español humillado por el almirante Vernon».

El 20 de abril de 1741, no obstante, se dio un misterioso episodio que decretó el fin de la invasión inglesa.

Vernon se decidió por la toma del Castillo de San Felipe de Barajas, a pesar de las reticencias del general de infantería, Thomas Wentworth, quien veía inviable tal empresa. En el silencio de la noche, dos grupos avanzaron por el bosque cerrado: uno tenía como objetivo alcanzar el castillo por el norte; el otro, por el sur. Pero el resultado fue desastroso. El guía de una de las guarniciones, un español desertor, les hizo girar durante toda la noche por el bosque. Cuando llegaron a los pies de la fortaleza ya era de día y el efecto sorpresa se perdió. De todas formas, siguieron con la operación. Pusieron las escaleras en las posiciones más estratégicas, pero constataron enseguida que éstas no tenían la altura suficiente, porque Blas de Lezo había mandado cavar un foso en torno de la muralla.

Cañones del Castillo de San Felipe de Barajas – Cartagena de Indias (Colombia)

El hecho, casi anecdótico, le costó a la tropa su derrota que, despavorida ante el fuego enemigo, dejó atrás munición, armas, hombres y las escaleras… Los españoles siquiera esperaron órdenes y saltaron en persecución de la infantería a bayoneta calada.

Después de este vergonzoso fracaso, Vernon no tuvo otra elección que la de reunir a sus oficiales en consejo en la Princess Carolina, despotricar contra la incompetencia de Wentworth, culpar al Gobierno por no haberle enviado los refuerzos anhelados y dar orden de batirse en retirada.

¿Qué había sucedido? ¿Cómo, de un momento para otro, pasó la victoria de los atacantes para los defensores?

La verdad es que el ejército inglés estaba en una auténtica calamidad. En las bodegas de sus barcos, transformados en «hospitales», sin médicos ni adecuadas condiciones sanitarias, los hombres se aglutinaban, compartiendo infecciones y gusanos. Mucho antes que Vernon, las tropas exhaustas se habían convencido de que Cartagena costaría más de lo esperado.

Los ingleses se retiraron paulatinamente, inutilizándolo todo por el camino y manteniendo el fuego contra el enemigo para que no fueran perseguidos. La maniobra duró una semana y sirvió, en parte, para no dejar a los hombres ociosos y desmoralizados.

Blas constató la victoria y, con la sencillez de quien no mira hacia sus propios méritos y nada le puede sorprender ya en esta vida, solamente menciona en su diario que los enemigos daban indicios de retirarse.9

El héroe anónimo

Monedas conmemorativas distribuidas en Inglaterra – Museum Rotterdam (Países Bajos)

Las velas enemigas desaparecieron en el horizonte y, finalmente, Cartagena tuvo tiempo para contemplar el precio de la victoria en sus ruinas aún calientes.

El heroísmo refulgente de Blas de Lezo sería prontamente reconocido por sus más allegados. Tantos servicios prestados a su patria, a su rey y —por qué no decirlo— a su religión no podían caer en el olvido.

Sin embargo, el eco natural de su honor fue acallado. El primero que escribió sobre la victoria a la corte española fue el obispo de Cartagena, Mons. Gregorio de Molleda. Contrariando su misión de pastor, defensor y proclamador de la verdad, este clérigo se manchó con la culpa de una poco velada difamación.

En su precipitado relato de la defensa de Cartagena de Indias, todas las alabanzas fueron hechas a la afamada figura del virrey Sebastián de Eslava, que, a pesar de las escandalosas rebeliones de un tal Blas de Lezo, obtuvo un éxito brillante…

A continuación, el propio Eslava pintó su versión de la historia, en la cual Blas adquirió tintes de criminal: «Que se le castigue por su comportamiento»,10 le escribió al rey.

Mientras un vendaval de acusaciones llegaba hasta la corona española y la mayor parte de la opinión pública aplaudía a Sebastián de Eslava, en gloriosa ascensión de elogios y honores, ¿qué hacía el almirante de la armada, don Blas de Lezo y Olavarrieta? Enfermo, olvidado y sufriendo los efectos de la guerra, vivía sus postreros días en un lecho del cual ya no se levantaría. Dedicó sus últimas fuerzas a escribir su versión de los hechos11 y, así, salvaguardar el honor de cuarenta años de servicios prestados en la punta de la lanza de la dedicación y del heroísmo y obtener un digno descanso a la familia que dejaba.

Blas enfrentó su última batalla, la agonía, a las ocho de la mañana del 7 de septiembre de 1741. Su cuerpo, mutilado por el fuego enemigo, fue enterrado; su fama continuó perseguida por la calumnia, y su honor, intacto, permaneció sepultado con él en los alrededores de Cartagena de Indias. Ni siquiera el lugar de su tumba es conocido.

Si bien que en la actualidad no faltan los que se ponen a campo para hacer justicia a la gloria del Almirante Mediohombre. Sus compatriotas de hoy, inconformes con el silencio de sus contemporáneos, reconocen figura tan insigne y lo alaban como uno de los más grandes héroes de la gesta española.

Su última aventura puede enseñarnos muchas cosas. La Historia es obstinada y tiende a repetirse. Cuales nuevos Goliat, grandes potencias se levantan, se juzgan invencibles, se proclaman omnipotentes. Se ríen de los ungidos del Señor, pero por ellos son derrotados en un golpe inesperado y fulminante.

Blas de Lezo, por Salvador Amaya – Plaza de Colón, Madrid

Entonces se tienen que meter en el bolsillo sus propias monedas, acuñadas por los que cantaron victoria antes de tiempo…

Y es que, incluso cuando las apariencias físicas muestran únicamente a un hombre reducido a la mitad de sus capacidades naturales, detrás de las exterioridades puede haber un gigante, un héroe, un vencedor, en el cual las virtudes y el amor a un ideal crecieron hasta el punto de no caber ni en un hombre entero. ◊

Autor: Gabriel Borges Bonfim Silva

Revista Heraldos del Evangelio Año XIX. N.º 216. Julio 2021

 

Notas

1 SARAVIA, Gonzalo M. Quintero. Don Blas de Lezo. Biografía de un marino español del siglo XVIII. 3.ª ed. Madrid: EDAF, 2016, p. 46.

2 Cf. Ídem, p. 27.

3 Ídem, p. 160.

4 Cf. VICTORIA, Pablo. El día que España derrotó a Inglaterra. 3.ª ed. Barcelona: Áltera, 2008, p. 41.

5 SARAVIA, op. cit., p. 160.

6 Ídem, p. 204.

7 Ídem, p. 206.

8 Ídem, p. 222.

9 Cf. Ídem, p. 248.

10 Ídem, p. 257.

11 Cf. CRESPO-FRANCÉS, José Antonio. Blas de Lezo y la defensa heroica de Cartagena de Indias. 4.ª ed. Madrid: Editorial ACTAS, 2016, p. 191.

María Santísima

Afirmaba Nestorio que María es madre sólo de la naturaleza humana de Cristo y por eso debe ser llamada simplemente Madre de Cristo (Christotokos).
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enero 2, 2022

“Que nadie llame a María, Madre de Dios; ella es una mujer, y es imposible que Dios nazca de una mujer”. No sentó nada bien esta afirmación proferida de la boca del presbítero Anastasio; un estremecimiento de sorpresa e indignación recorrió la catedral de Constantinopla ante tal cosa contra el dogma que futuramente se proclamaría.

Hasta entonces a nadie se le había ocurrido nunca poner en duda allí esa verdad en la que la Iglesia creía desde hacía mucho tiempo, y en aquel momento el predicador lo negaba con tanta arrogancia. Filiales y afligidas miradas acribillaron el semblante del Patriarca que, sentado en su cátedra, debería ser el guardián de la Fe. Sin embargo, no sólo guardaba silencio, sino que aprobaba con un enfático movimiento de cabeza dando su apoyo a esa insólita afirmación. El pueblo, escandalizado, comenzó a abandonar la catedral.

El origen de un Patriarca controvertido

En la capital oriental del Imperio Romano, Constantinopla, se mezclaban tumultuosamente la controversia teológica y las intrigas palaciegas, acentuadas por las características del temperamento oriental. Así, tan pronto como la Sede Patriarcal quedó vacante a finales del 427, las facciones representadas en la corte pasaron a promover a sus respectivos candidatos al codiciado puesto.

Teodosio II, no obstante, decidió no prestar atención a ninguna de las partes y, con el fin de evitar discordias, optó por escoger a un extranjero.

Su elección recayó sobre un monje de Antioquía, excelente orador, dotado de sonora voz y con fama de santidad. Algunos lo consideraban como un segundo Crisóstomo. Su nombre era Nestorio.

Infelizmente, la reputación del candidato no correspondía con la realidad. Aunque aparentaba piedad, celo y rectitud de costumbres, el padre Nestorio estaba sediento de adulaciones y lisonjas. Ocupar tan importante cátedra alentaba sus ambiciosos anhelos y, por eso, nada más recibió la invitación viajó a Nova Roma, acompañado de Anastasio, su confidente.

En el camino, se detuvo un momento con el Obispo de Mopsuestia, Teodoro, que se había encaminado por tortuosas sendas en la especulación teológica, aireando tesis cristológicas demasiado temerarias. Y el pensamiento heterodoxo de Nestorio en materia de cristología se originó o se agravó en la convivencia con ese prelado.

La alegría de los constantinopolitanos por la llegada del nuevo Patriarca se transformó en seguida en temor y desconfianza, pues el que prometía ser un celoso pastor no tardó en manifestar orgullo y falta de integridad. Y el sermón mencionado más arriba fue el detonante de la nueva herejía que el recién elegido Patriarca diseminaría por el Oriente cristiano.

Graves repercusiones sobre la doctrina contra María.

Afirmaba Nestorio que María es madre sólo de la naturaleza humana de Cristo y por eso debe ser llamada simplemente Madre de Cristo (Christotokos).

Hablar de Madre de Dios sería, según sus palabras, “justificar la locura de los paganos, que dan madres a sus dioses”. María habría dado a luz al hombre Jesús en el que el Verbo, el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, habitaría como en un templo. Es decir, en Jesucristo habría dos personas, una divina y otra humana, y no solamente la Persona divina, con dos naturalezas distintas, la divina y la humana, como nos enseña la Doctrina Católica.

De ese enunciado se deducen una serie de proposiciones contrarias a la Fe. En primer lugar, los dolores de la Pasión hubieran sido sufridos únicamente por la humanidad de Cristo y, por lo tanto, no podrían haber satisfecho a Dios Padre con méritos infinitos. Si esto fuera así, no habría razón para hablar de Redención, pues “ningún hombre, aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos”.

Por otro lado, la expresión “el Verbo se hizo carne” perdería su sentido, pues por mucho que se afirmase que en Cristo existiría la unión de dos personas, la divina y la humana, no se podría atribuir las acciones de la supuesta persona humana de Cristo a su persona divina.

Y varios pasajes del Evangelio llegarían a ser problemáticos, como: “Para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados —dijo al paralítico— levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” (Mt 9, 6). Ya que si fuese solamente una persona humana, el Hijo del Hombre nunca tendría ese poder.

Tampoco se comprendería la respuesta de Jesús al llamamiento de Felipe —“Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”—, cuando le dijo: “Felipe, hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y todavía no me conocéis? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?” (Jn 14, 8-10).

Se siembra la discordia en el Oriente católico.

De poco le sirvió a Nestorio las caritativas advertencias de sus conciudadanos e incluso de sus hermanos en el episcopado para disuadirlo de su error. Al contrario, el pertinaz Patriarca condenó públicamente a los opositores de sus ideas y los mandó que les detuvieran y maltrataran, acusados de promover el desorden público.

Mientras tanto, una recopilación escrita de los sermones de Nestorio se difundía por las demás Iglesias de Oriente, sembrando la división en el pueblo fiel.

San Cirilo de Alejandría en defensa de la Maternidad de María.

La nueva herejía no demoró en llegar a la Iglesia de Alejandría, gobernada desde el año 412 por el Patriarca San Cirilo. Decidido como siempre, no tardó en ponerse en acción para cortarle el paso.

A la vez que expedía cartas a obispos, presbíteros y monjes reiterando la doctrina sobre la Encarnación del Verbo y la Maternidad Divina de María, cuidaba prudentemente de no hacer alarde de los errores y el nombre del hereje, pues, “movido de intensa caridad”, insistía en “no permitir que nadie se proclamara más amante de Nestorio, que él mismo”.

A finales del año 429 le escribió mansamente por primera vez, advirtiéndole de los rumores que corrían en la región acerca de sus doctrinas y le pedía explicaciones sobre ello. No habiendo obtenido por respuesta sino una ácida invitación a la moderación cristiana, San Cirilo le expuso en una segunda misiva, con luminosa y sobrenatural clarividencia, el pensamiento universal de la Iglesia.

Sin embargo, Nestorio no cedió y replicó con una nueva carta que contenía el elenco de sus ideas.

Roma entra en la disputa.

En vista de la inutilidad de los recursos de los que disponía, a San Cirilo sólo le quedaba recurrir a Roma y así lo hizo, enviándole al Papa San Celestino I un documentado relato de la controversia con el Patriarca de Constantinopla, en el que figuraban textos de los sermones de Nestorio, acompañados por una síntesis de sus errores, como también un florilegio de textos patrísticos que sustentaban la verdadera doctrina y copias de las cartas que le había enviado al hereje.

Por su parte, Nestorio ya le había informado al Papa San Celestino I sobre la situación, aunque en términos estudiadamente ambiguos, con el objetivo de conquistar su favor.

Reconociendo el peligro que había, San Celestino convocó un sínodo en Roma, en agosto de 430, para tratar de este relevante asunto. Los escritos de Nestorio fueron cuidadosamente examinados, y confrontados con una larga serie de textos de los Padres de la Iglesia. Ante la evidencia de la herejía, la nueva doctrina fue condenada categóricamente.

De su propio puño el Papa le escribió a Nestorio ratificando las enseñanzas cristológicas de San Cirilo y advirtiéndole que incurría en excomunión si no se retractaba por escrito de sus errores en un plazo de diez días.

Igualmente fueron enviadas cartas a los principales obispos de Oriente, al clero y al pueblo de Constantinopla con el fin de que “fuese conocida nuestra sentencia sobre Nestorio, es decir, la divina sentencia de Cristo sobre él”, decía el texto.

Para ejecutarla en nombre del Sumo Pontífice fue designado el propio San Cirilo, quien convocó un sínodo en Alejandría y en nombre de esta asamblea escribió una nueva carta al heresiarca, exponiendo de manera bastante detallada la verdad católica sobre la Encarnación, y enumerando los doce errores de los que Nestorio debería adjurar por escrito, en el caso de que quisiera permanecer en el redil de la Iglesia. Era el tercer y último llamamiento que le hacía para su conversión.

Sin embargo, valiéndose de su influencia en la corte de Constantinopla, intentó obtener el apoyo del emperador, quien —para dirimir las contiendas y dudas y atender a diversos llamamientos— creyó oportuno convocar un concilio ecuménico.

El Papa estaba de acuerdo con la decisión imperial y envió a sus legados, dándoles instrucciones muy precisas sobre la postura que deberían tomar ante los Padres conciliares: les recomendó que defendieran la primacía de la Sede Apostólica, que ejercieran el papel de jueces impolutos y que estuvieran siempre unidos al celoso Patriarca de Alejandría.

En aquella asamblea estaba en juego la Fe de la Iglesia respecto de este atributo esencial de María Santísima, y como subraya el historiador jesuita el P. Bernardino Llorca, “la situación era, en realidad, sumamente delicada.

El Papa había dado ya la sentencia contra la doctrina de Nestorio, por lo cual el concilio no podía hacer otra cosa que proclamar esta declaración pontificia. Cualquiera otra conducta podría traer un cisma”.

El Concilio de Éfeso.

Poco antes del 7 de junio de 431, fiesta de Pentecostés, iban llegando a Éfeso los representantes de las distintas Iglesias particulares. No obstante, el atraso de los legados pontificios y de algunos obispos, motivado por el largo y dificultoso viaje, posponía el comienzo de las sesiones, concurriendo para disminuir el ánimo de algunos Padres conciliares y causar cierta inseguridad en los demás.

Mientras tanto, Nestorio se afanaba por atraer hacia su doctrina a los incautos y desprevenidos, refiriéndose despectivamente a San Cirilo como “el egipcio”.

Entonces el Patriarca de Alejandría decidió empezar el concilio sin más tardanzas, valiéndose de la autoridad que el Papa le había conferido, incluso antes de la llegada de los Padres romanos y sin prestar atención a las enfáticas quejas de la facción contraria.

La primera sesión conciliar.

Se inició el 22 de junio con la proclamación del símbolo de Fe niceno- constantinopolitano. Nestorio, a pesar de que había sido convocado a estar presente, envió un mensaje diciendo que no comparecería mientras no llegasen todos los obispos. Sin embargo, el concilio continuó sus trabajos con la lectura de las doctrinas contenidas en el intercambio de cartas entre San Cirilo y el heresiarca.

En la lectura de la defensa del Patriarca alejandrino estallaron prolongados y calurosos aplausos, siendo su misiva declarada ortodoxa y conforme al símbolo de Nicea, mientras que la de Nestorio fue reprobada como impía y contraria a la Fe católica. Los trabajos y estudios conciliares se completaron con la lectura de la sentencia consignada por el Papa en el sínodo de Roma y una larga serie de textos patrísticos consolidando la posición católica.

Infructíferos fueron los esfuerzos para reconducir a Nestorio a la casa paterna. A todos los que el concilio enviaba para intentar disuadirlo de su error los expulsaba groseramente de su presencia. En vano. Sobre él recayó el anatema: “Nuestro Señor, Jesucristo, del que él ha blasfemado, ha definido por medio de este santo sínodo que el mismo Nestorio sea excluido de toda dignidad episcopal y de toda asamblea de obispos”.

Júbilo en la ciudad bendecida por el paso de María.

Los fieles de Éfeso —ciudad en la cual, según la Tradición, María Santísima habría residido— exultaron al serles anunciada la sentencia definitiva reafirmando la doctrina de la maternidad divina.

Todos acudieron a la Iglesia de Santa María al grito de “ Theotokos! ”, a fin de festejar la decisión, como narra Pío XI en su encíclica conmemorativa del XV centenario del mencionado concilio: “El pueblo de Éfeso estaba asumido de tanta devoción y ardía de tanto amor por la Virgen María, Madre de Dios, que tan pronto como oyó la sentencia pronunciada por los Padres del concilio, los aclamó con alegre efusión de ánimo y, provisto de antorchas encendidas, en apretada muchedumbre los acompañaron hasta sus residencias.

Y seguramente, la misma gran Madre de Dios, sonriendo con dulzura desde el Cielo ante tan maravilloso espectáculo, correspondió con corazón materno y con su benignísimo auxilio a sus hijos de Éfeso y a todos los fieles del mundo católico, perturbados por las insidias de la herejía nestoriana”.

Rebelión y confusión.

Aun así, en una misiva dirigida al emperador, firmada por siete obispos más, Nestorio puso objeciones a su condenación. Junto con Juan —Patriarca de Antioquía, que no había llegado a tiempo de participar en el concilio— se reunió en conciliábulo con una minoría de obispos contrarios a la decisión de San Cirilo de iniciar los trabajos sin esperar a los que se retrasaron.

Declararon depuestos de sus sedes episcopales a San Cirilo y a Memnon, Obispo de Éfeso, y exigieron de todos los demás obispos que se retractaran en lo que respecta a los doce anatemas.

Sin embargo, esta reducida asamblea no trató de rehabilitar a Nestorio, pues Juan de Antioquía, aunque amigo suyo, le consideraba culpable de herejía.

El emperador Teodosio II, confuso antes las noticias contradictorias que le llegaban de Éfeso, emitió un edicto en el que prohibía a los prelados que regresaran a sus ciudades antes de que fuera hecha una investigación sobre todo lo sucedido.

La orden imperial llenó de regocijo al partido de los herejes, quienes se juzgaban bajo el amparo de la autoridad temporal y, en consecuencia, autorizados a tomar todo tipo de medidas arbitrarias. Éstas iban desde la tentativa de consagrar a un nuevo Obispo de Éfeso hasta el uso de la violencia física contra el pueblo sencillo, indignado con el rumbo que habían tomado las cosas, e incluso contra algunos Padres conciliares.

A pesar de eso, tales manifestaciones de prepotencia y de injusticia no durarían mucho.

La decisión final.

Los legados pontificios finalmente llegaron a Éfeso, y el concilio, bajo la presidencia de San Cirilo, que representaba al Sumo Pontífice, inició su segunda sesión el 10 de julio. Los enviados papales llevaban una carta de San Celestino, fechada el mes de mayo, pidiendo a la magna asamblea que promulgase la sentencia proferida por el Sínodo romano contra el Patriarca de Constantinopla.

Al ver claramente expresada la voluntad de Dios en la decisión pontificia, todos los obispos presentes exclamaron: “¡Éste es el justo juicio! A Celestino, nuevo Pablo, a Cirilo, nuevo Pablo, a Celestino custodio de la Fe, a Celestino concorde con el sínodo, a Celestino todo el concilio le da las gracias: un solo Celestino, un solo Cirilo, una sola Fe en el sínodo, una sola Fe en el mundo”.

Las actas de la primera sesión, tras ser examinadas y confirmadas, fueron leídas en público. Según los bellos términos de Rohrbacher, en esa segunda reunión se respiró “todo el perfume de la santa antigüedad: el espíritu de fe, de piedad, de santa cortesía; el espíritu de unión con el sucesor de Pedro; el espíritu de amor y de sumisión filial a su autoridad; en una palabra, el espíritu de la Iglesia Católica”.

En las sucesivas sesiones se trataron los casos de Juan de Antioquía y de otros disidentes, quienes habían sido convocados en tres ocasiones y en vista de su recusa a comparecer, fueron excomulgados. Igualmente se aprobaron seis cánones en los que no sólo se renovaba la condena a Nestorio, sino también la de algunos pelagianos.

Clausurado el concilio, el 31 de julio, quedaba definida para siempre la doctrina católica sobre la Santa Madre de Dios.

María es madre de la Persona de Cristo.

Hasta aquí hemos acompañado los dramáticos acontecimientos y el glorioso desenlace de esa histórica polémica. Ahora cabe preguntarnos cómo explicar esta verdad que nuestra Fe afirma y el sentido católico proclama en nuestros corazones: la maternidad divina de María Santísima.

¿Por qué quiso Dios tener una madre humana? Para abordar adecuadamente esta cuestión, empecemos por recordar un importante aspecto del plan divino para la Redención:

Jesucristo, nuestro Señor, a pesar de que podía haber elegido otro medio para encarnarse juzgó “más conveniente formar de la misma raza vencida al hombre que había de vencer al enemigo del género humano”. Así, de la misma forma que una mujer, por su desobediencia, había cooperado para la ruina de la humanidad, la obediencia de una Virgen cooperaría de forma decisiva para la Redención.

Ahora bien, cuando una mujer concibe a un hijo y lo alumbra, ella es madre de la persona que ha nacido, y no sólo de su cuerpo. Porque estando el alma y el cuerpo substancialmente unidos, ella engendra al ser humano completo, aunque el alma haya sido creada por Dios María era, por tanto, Madre de la Persona de Cristo.

Y en la persona divina de Cristo estaban unidas la naturaleza humana y la naturaleza divina, desde el primer momento de su ser. Por eso, concluye el Papa Pío XI, “si una es la Persona de Jesucristo, y ésta divina, sin ninguna duda María debe ser llamada por todos no solamente Madre de Cristo hombre, sino Madre de Dios, Theotokos”. La Virgen María no engendró a una persona humana a la que, después, se uniera el Verbo, como decía Nestorio, sino, por el contrario, fue el Verbo que “se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14).

La grandeza y profundidad de este atributo de María Santísima fueron recientemente puestos de relieve por el Papa Benedicto XVI, cuando afirmaba: “Theotokos es un título audaz.

Una mujer es Madre de Dios. Se podría decir: ¿cómo es posible? Dios es eterno, es el Creador. Nosotros somos criaturas, estamos en el tiempo.

¿Cómo podría una persona humana ser Madre de Dios, del Eterno, dado que nosotros estamos todos en el tiempo, todos somos criaturas?”.

Y discurriendo hermosamente sobre el Misterio de la Encarnación, el Santo Padre responde: “Dios no permaneció en sí mismo: salió de sí mismo, se unió de una forma tan radical con este hombre, Jesús, que este hombre Jesús es Dios; y, si hablamos de Él, siempre podemos también hablar de Dios. No nació solamente un hombre que tenía que ver con Dios, sino que en él nació Dios en la tierra. […] Dios quería nacer de una mujer y ser siempre él mismo: este es el gran acontecimiento”.

Le cupo al gran santo Cirilo —cuya fiesta se conmemora en este mes de marzo—, “invicto asertor y sapientísimo doctor de la divina maternidad de María virgen, de la unión hipostática en Cristo y del primado del Romano Pontífice”, defender la verdadera doctrina en los tiempos de la primitiva Iglesia.

Pidamos, pues, su intercesión para que comprendamos amorosamente el don infinito obtenido por María por su “fiat” en respuesta al pedido del Padre Eterno (cf. Lc 1, 38) y roguémosle a Ella que nos alcance la inestimable gracia de adorar a su divino Hijo por toda la eternidad.

Padre Ignacio Montojo Magro, EP

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