Oraciones

Novena al Sagrado Corazón de Jesús

1. Oh Jesús mío, que dijiste: «En verdad os digo: Pedid y recibiréis, buscad y encontraréis, tocad y se os abrirá», he aquí que toco, busco y pido la gracia…

(Colocar aquí la intención).
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

V/. Sagrado Corazón de Jesús.
R/. ¡En Vos confío!

2. Oh Jesús mío, que dijiste: «En verdad os digo: Cualquier cosa que pidáis a mi Padre en mi

nombre Él os lo concederá», he aquí que a vuestro Padre en vuestro nombre pido la gracia…

(colocar aquí la intención).

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

V/. Sagrado Corazón de Jesús.
R/. ¡En Vos confío!

3. Oh Jesús mío, que dijiste: «En verdad os digo: Pasarán el cielo y la tierra pero mis palabras no pasarán jamás», he aquí, que apoyado en la infabilidad de vuestras santas palabras pido la gracia…

(colocar aquí la intención).
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

V/. Sagrado Corazón de Jesús.
R/. ¡En Vos confío!

Oración.

Oh Sagrado Corazón de Jesús, a quien sólo una cosa es imposible, esto es, la de no tener compasión de los infelices, ten piedad de nosotros, miserables pecadores, y concédenos la gracia que os pedimos por intermedio del Corazón Inmaculado de vuestra y nuestra tierna Madre.

V/. San José, amigo del Sagrado Corazón de Jesús.
R/. Ruega por nosotros.

Comentarios

María Santísima

septiembre 9, 2021

Interseción de la Virgen del Rosario.

A pesar de que los milagros obrados por la intercesión de la Santísima Virgen son incontables, uno en especial mereció la institución del Día de la Virgen del Rosario el día siete de octubre.

¡Mar de Lepanto! Una inmensa batalla entre católicos y turcos se desarrolla. El entrechoque de las embarcaciones recuerda la conflagración final, cuando la bóveda celestial se enrollará cual pergamino. Era el día 7 de octubre de 1571. Si los católicos perdiesen la batalla la Cristiandad sería sumergida por las huestes de Mahoma. La religión católica habría desaparecido para siempre.

A leguas de distancia, en Roma, San Pío V imploraba el auxilio divino, por intercesión de la Madre de la Iglesia. Inspirado, el santo Papa pide al pueblo romano que rece el Rosario por la victoria de sus hermanos.

En determinado momento, mientras despachaba asuntos urgentes, pero con su atención toda colocada en el peligro que corría la Cristiandad, aquel venerable anciano interrumpe los trabajos bruscamente y se dirige a la ventana. Los circunstantes quedan perplejos, no comprenden la actitud. Reina el silencio por breve espacio de tiempo, roto por la afirmación aún más misteriosa del Pontífice: ¡vencemos en Lepanto!

Manda reunir a los fieles y preparar la conmemoración por la milagrosa victoria de Don Juan de Austria, comandante de la flota. Una solemne procesión tiene lugar en las calles de la Ciudad Eterna. Días más tarde, llegan los emisarios de la escuadra trayendo la noticia ya antes anunciada por los Ángeles. Poco después estaba instituida la fiesta de Nuestra Señora de las Victorias en el día 7 de octubre.

Un año más tarde, Gregorio XIII cambió el nombre para fiesta de Nuestra Señora del Rosario, y determinó que fuese celebrada en el primer domingo de octubre (día en que se venció la batalla en Lepanto). Actualmente la fiesta es celebrada en el día 7 de octubre.

Santos

septiembre 9, 2021

Con su ferviente vida de oración y su apasionado amor a Jesucristo, San Juan María Vianney alimentó su cotidiana donación sin reservas, a Dios y a la Iglesia.

Infancia.

San Juan Bautista María Vianney, una de las más prodigiosas glorias del clero de Francia, nació en Dardilly, cerca de Lyon, el día 8 de mayo de 1786 y fue bautizado el mismo día.

Hijo del agricultor Mateo Vianney y de María Belusa, tuvo cinco hermanos, todos consagrados solemnemente a Nuestra Señora antes del nacimiento. Eran Catalina, Juana María, que desapareció a los cinco años, Francisco, Margarita y otro Francisco, que apodaban “el benjamín”.

Hijo de padres cristianos, Juan María fue desde niño piadoso, dulce y bueno. La madre, un día, le dio una imagen de Nuestra Señora, y el niño predestinado jamás la soltaba.

La llevaba tierna y respetuosamente en los brazos adonde fuera, así pensaba él y acostumbraba a rezar delante de ella, demorada y compenetradamente, ya como un pequeño sacerdote.

Pronto comenzó a enseñar a sus compañeros las lecciones de religión que aprendía de sus padres, a veces inclusive a adultos, muy serio, muy seguro de sí mismo, siempre inspirado.

Revolución francesa.

Con la invasión de la revolución a las provincias vivió días tristes: las iglesias cerradas, tristemente cerradas al pueblo lo entristecían, y los sacerdotes, perseguidos, aquellos padres heroicos sin miedo, que por la verdad, decían misas clandestinas en lo más espeso de los bosques, dando Jesús a los hombres, le llenaban su alma de admiración y de un cierto desasosiego, de una avidez incontenible para las cosas de Dios.

En efecto, desde aquellos momentos agitados, de grandes desórdenes, de muerte, de miedo y de hambre, nació el rumbo que se propuso alcanzar: con su carácter ya templado, tuvo un celo apasionado dirigido a la salvación de las almas.

De extraña predilección por los pobres, por los abandonados que nada poseen, ni comida ni cariño, los reunía por los caminos, por los bosques, a lo largo de los setos, y, alegremente, los llevaba a su casa, donde sus padres, afamados desde hacía mucho por la caridad, acogían a todos los desventurados con una gran sonrisa que ahuyentaba poquedades.

A los trece años, con un fervor fuera de lo común, Juan María, resplandeciente, hizo su primera comunión. Y el buen niño, con Jesús en el corazón, un corazón inmenso, decía para sí mismo, como si fuera la más dulce de las melodías:

¡Yo seré sacerdote! ¡Yo seré sacerdote! … ¡Y lo fue!

Vocación sacerdotal de San Juan María Vianney.

Valientemente, se lo dijo a su padre. Pero él, hombre prudente y conocedor de la vida y de los entusiasmos de la juventud, lo hizo esperar dos años para observarlo y probarlo. Era el tiempo del Directorio, aquella época de agitación política agravada por la penuria de las finanzas y de la economía nacional, época de disolución de las costumbres, no sólo porque los hombres buscaban en los placeres olvidarse de las amarguras pasadas y de los peligros a los que se habían expuesto, sino por el dinero que algunos amontonaban con la compra de bienes nacionales y con los suministros militares, dinero fácil que llevaba al lujo, la ostentación, la vanidad y la depravación. Al final, Juan María entró en la escuela fundada por el abad Balley, sacerdote entonces, de Ecully. El joven Vianney fue un alumno que hizo progresos lentos, aunque se esforzaba desesperadamente. Y, para obtener buenos resultados, se mortificaba para conseguir ayuda del Cielo. En 1807, con veinte años, Juan María fue confirmado por el arzobispo de Lyon, el Cardenal Fesh, tío de Napoleón. Aspirante al sacerdocio, se libró del servicio militar. Enfermo, vagó de hospital en hospital. De regreso a sus estudios, hizo el primer año de filosofía, de 1812 a 1813, en el pequeño seminario de Verrieres. Seminarista modelo, pero alumno bastante enfermizo, el poder de la oración fue consiguiendo abrirle el camino, hasta que estuvo en el seminario mayor de San Ireneo de Lyon. Allí, brilló especialmente por sus virtudes. Fue ordenado sacerdote el 13 de agosto de 1815, por Monseñor Simón, obispo de Grenoble, tenía veintinueve años. Nombrado vicario de Ecully, allí estuvo por tres años. Tuvo entonces la oportunidad de revisar con calma, toda su teología.

Juan María Viannen - Cura de Ars.

Designado para Ars, que quedaba a treinta y cinco kilómetros al norte de Lyon, llegó a un lugar donde sufriría por el rígido invierno, aquella ciudad que lo tendría por cuarenta y dos años, o sea, hasta el día en que, dejando la tierra, iría para Dios. Era el año de 1818.

Juan María fue directamente a la Iglesia. Cayendo de rodillas, quedó por largo tiempo sumido en adoración.

Los habitantes de Ars, vivían indiferentes en cuanto a la religión, aunque constituían buenas familias. Juan María se puso inmediatamente a trabajar. Y con la acción del santo cura, poco a poco, todo se fue transformando.

Cinco años después, Ars tenía otra fisonomía: el trabajo de los domingos fue totalmente abolido. La blasfemia, que andaba loca por el lugar, desapareció.

El vicio de la embriaguez, en el que la mayoría de los hombres había caído, se había retirado. Y los bailes inconvenientes y desenfrenados, paulatinamente fueron siendo eliminados de la feligresía. Para ganar tal batalla, cuántos trabajos, cuántos ayunos, cuántas suplicas, ¡cuánta oración!

Mucho antes del amanecer, Juan María se levantaba y se prosternaba delante del tabernáculo. Y allí, arrodillado, silenciosa y ardientemente, rogaba al Señor, con insistencia, que le convirtiese aquellas almas que se habían apartado del camino.

Se disciplinaba a si mismo, descansaba expuesto al sol, dormía sobre duras ramas. Y, cuando todo comenzó a mejorar, he aquí, de repente, que comenzaron las calumnias y las hipocresías. Esto, sin embargo, no era problema para el santo cura.

Las persecuciones de los hombres se juntaron a las del demonio. Y la lucha que trabó con el espíritu del mal, duró treinta y cinco años: se inició en 1824 y terminaría un año antes de su muerte.

Durante la noche, fantasmas horrendos, actos infernales, voces insultantes terribles transformaban la casa parroquial en un verdadero infierno, en horribles pesadillas tormentosas. Se ve hasta hoy, en parte, los trazos del fuego que le destruyeron su cama de madera.

Pero sustentado por gracias divinas, Juan Bautista María Vianney salió victorioso de todos los asaltos. Y la Virgen, cuya imagen guardaba en su infancia, le apareció dulcemente, para alentarlo y animarlo.

Dice San Juan Bautista María Vianney que al decir, todos los días, la santa misa, veía a Nuestro Señor.

La iglesia vieja, fue restaurada. Edificó muchas capillas, todo para la honra de Dios y el bien de los fieles.

Frutos pastorales.

Dios le concedió el don de los milagros. Y los milagros que realizó, los atribuía a Santa Filomena, su celestial amiga, llamada la taumaturga del siglo XIX, cuya historia comenzó a ser conocida en 1802, año en que fueron descubiertas las reliquias en la catacumba de Priscila, en la vía Salaria.

En 1820, Vianney fue nombrado cura de Salles, en Beaujolais. En Ars la consternación fue muy grande. Y el pueblo, que no se conformaba con la idea de ver al santo apartado del lugar, comenzó a suplicar para que no se lo llevasen de la comunidad. Atendidas las ovejas, la alegría volvió a reinar en Ars.

En 1824, fue abierta una escuela popular por el buen cura, destinada a las niñas. Pronto fue abierto un orfanato contiguo.

Trabajador incansable, nadie reconocía en la Ars de aquel momento, la de San Juan Bautista María Vianney, aquella ciudad abandonada, desorganizada y blasfema de otrora.

Día a día.

El programa diario del santo cura era exhaustivo: de madrugada, exactamente a la una, iba a la iglesia para rezar; antes del amanecer confesaba a las mujeres; a las seis en verano, a las siete en invierno, celebraba la santa misa.

Después de la acción de gracias, los peregrinos lo rodeaban, implorando bendiciones, curaciones, palabras de aliento, seguidos de consejos para los más variados casos, conversiones de éste o aquél ser querido, pariente, amigo o compañero de trabajo; a las diez de la mañana, recitaba las pequeñas horas de su amigo viejo breviario, su amigo inseparable, después se sentaba nuevamente en el confesionario.

A las once era el catecismo, aquel catecismo que quedó famoso; después del almuerzo, que era bien pequeño, seguía la clásica visita a los enfermos, mientras que la multitud se reunía para verlo pasar, para tocarle sus ropas, multitud que el Santo, compadecido por la dedicación de los fieles, bendecía dulcemente; después de haber rezado las vísperas y las completas, y por tercera vez, lo recibía la penumbra del confesionario, donde muchas veces, se quedaba hasta altas horas de la noche.

¡Que devoción por los pecadores! ¡Cuántas conversiones, incluso las de reputación de imposibles, fueron realizadas por el santo! ¡Qué don, el de descubrir entre la multitud, a los grandes pecadores! Los llamaba y dulcemente les hablaba de las bellas cosas de Dios y de las horribles cosas del demonio.

La oración de la noche era tan emocionante, que toda la gente lloraba. Los domingos, en la misa, siempre predicaba.

Dios en un hombre.

Tan grande era la fila de los peregrinos que lo buscaban, que hubo necesidad, un día, que viniera un padre vecino a ayudarlo: era el padre Raimundo, que, a partir de 1845, se tornó su vicario.

En 1850, Juan Bautista María fue distinguido con el canonicato: vendió entonces su capa en beneficio de los pobres. Dos años después, le concedieron la Cruz de la Legión de Honra, que rechazó, ya que era necesario dar una cantidad de dinero que él prefería reservar para limosnas.

Era el año 1853. Cuando el padre Toccanier substituyó al padre Raimundo como auxiliar de San Juan Bautista María Vianney, el santo, con deseos de retirarse para poder “llorar la pobre vida”, resolvió dejar Ars.

¡Fue un episodio conmovedor! La alarma sonó. El pueblo le cerró el camino y lo llevó a la iglesia. El santo, sumiso a la voluntad de Dios y para el alivio de la multitud, que daba gracias al Altísimo, continuó en su puesto, aquel puesto del que sólo la muerte lo habría de apartar.

Y cuando murió, la desolación fue indescriptible. Era el día 4 de agosto de 1859 y tenía setenta y tres años.

Los peregrinos y los feligreses desfilaron por cuarenta y ocho horas sin interrupción, ante el cuerpo de aquel Santo que se fue ante el Santo de los Santos.

Llegando a la más sublime perfección, al más alto grado de unión mística y angélica, en toda Ars, solamente se hablaba del buen Juan Bautista María, de su bondad, paciencia, humildad, santidad, desvelo y caridad.

Taumaturgo inmenso, el santo cura de Ars realizó milagros sin tener en cuenta sus sufrimientos corporales y morales, siempre a favor de las miserias espirituales. Incluso en vida, ya el pueblo lo proclamaba santo.

Enterrado en su iglesia, Juan Bautista María Vianney fue declarado venerable el 3 de octubre de 1872, por Pío IX. Beatificado por el Papa San Pío X, el 8 de enero de 1905, fue instituido por el mismo pontífice como patrono de todos los sacerdotes de Francia que se encargaban de las almas.

La canonización tuvo lugar en 1925, el día 31 de mayo, algunos días después de la de Santa Teresita del Niño Jesús.

Ars, rápidamente, se convirtió en un gran centro de peregrinación. Allí, un magnifico santuario fue erigido, y el cuerpo del Santo permanece en un relicario. El corazón, que fue encontrado intacto en la exhumación del 17 de junio de 1940, es venerado aparte.

(Vida de los Santos, Padre Rohrbacher, Volumen XIV, p. 292 a 299)

(Revista Heraldos del Evangelio, Agosto/2009, n. 92, p. 6 a 9)

Santos

La compasión de Doña Lucilia por aquellos a quienes veía sufrir era llena de afecto y respeto, sin nunca esperar retribución.

abril 24, 2022

La compasión de Doña Lucilia por aquellos a quienes veía sufrir era llena de afecto y respeto, sin nunca esperar retribución de parte de sus beneficiados, verdadero reflejo de la misericordia del Sagrado Corazón.

A continuación palabras del Plinio Correa de Oliveira:

Con respecto a mi madre, Doña Lucilia, he dicho varias veces que ella no era más que un ama de casa con una cultura afrancesada, y ligeramente inglesa, de las señoras de buena familia de su tiempo. Ella poseía esa cultura suficientemente, aunque no se destacaba por su inteligencia.

Doña Lucilia - Finura de percepción.

Me llamaba mucho la atención que en cierto sentido ella se mostraba excepcionalmente inteligente, y era una forma de inteligencia ligada a la compasión y a la ayuda. Es decir, ella tenía una noción muy clara de todo lo que pudiese contundir o hacer sufrir a cualquier persona. Ella se daba cuenta inmediatamente.

Era una primera pregunta o una primera mirada – una mirada delicada – que ella ponía sobre la persona. El punto de partida era lo que la persona sufría. Dado que toda criatura humana sufre, ella procuraba ver cuál era el punto dolorido, el lado por donde la persona sufría, etc., y tomaba un cuidado extraordinario para no tener – ni de lejos – una distracción, una referencia en la conversación o cualquier cosa que pudiese hacer sufrir a esa persona de alguna forma, siendo en eso de una penetración y de una delicadeza verdaderamente notable.

Pero Doña Lucilia también entendía muy bien – esto es una obra prima de psicología – dada la persona y las circunstancias, lo que debería hacer para ayudar y cuál era la forma de compasión que debería manifestar para atender esa forma de sufrimiento. En eso ella era muy fina de percepción y muy delicada al brindar su compasión. Porque la compasión se expresaba mucho más por la mirada y por las maneras que por lo que ella decía.

Discreción llena de afecto.

Era casi imposible que ella procurase desvendar el santuario del sufrimiento de cada uno con palabras indiscretas, que la introdujesen en una intimidad que la persona, a veces legítimamente, no quería dar, a veces por amor propio o por mil razones.

Pero en el modo de tratar y de agradar, de tal forma ella realzaba tan discretamente lo que veía de bueno, de honroso en la persona, que ésta se sentía envuelta por su afecto, pero no se sentía para nada solicitada o penetrada, ni invadida por una conmiseración inoportuna. Ella revelaba en eso mucho tacto. Era un modo aristocrático de tener pena.

Sin embargo, dejaba entender a la persona y a todo el mundo con quien trataba, que si quisiesen usar su bondad ella era una puerta que se abriría, pero nunca se abriría y llamaría a alguien hacia adentro. Eso no. A veces eso aparecía en términos explícitos cuando se trataba de tomar la defensa de alguien que a ella le parecía ser objeto de un ataque demasiado cargado, o que no se tomaba en cuenta algún atenuante que la persona tenía.

Por ejemplo, ella tenía un hijo muy categórico, y ese hijo no hacía ceremonia cuando salía lanza en ristre. Ella a veces oía y decía:

– ¡Pobrecito!

Un «pobrecito» que me hacía sentir en qué aquel hombre era un sufridor. «¡Pobrecito!… Tampoco es para tanto…». Casi como quien pedía compasión para ella personalmente.

– Filhão1, ¿no notaste que él tiene tal cualidad?
– Pero, mi bien, mãezinha2 – de acuerdo al momento -, ¿Ud. no nota que, si uno va a ver, eso da en liberalismo?
Ella decía:
– No, piensa lo que quieras, lo que sea la verdad, pero pon la verdad entera, pon también las cualidades.

Naturalmente, eso me impresionaba de un modo muy favorable, no necesito ni decir. Es absolutamente obvio. Y si sucedía que en una situación crítica u otra cualquiera, ella tuviese que aproximarse y hablar con la persona, ella hablaba como quien entra en la punta de los pies en el santuario de la desventura de la persona. Ella trataba en un crescendo gradual y sondeando el terreno, de tal forma que la persona, si quisiese, del modo más fácil del mundo, le haría entender que prefería que no entrase. Ella también cerraba el caso y estaba acabado.

Trato bondadoso y sin ilusiones.

No piensen con eso que ella apenas veía el lado positivo de las personas. No. Ella no sólo veía muy bien las amarguras y las cosas duras que tiene la vida, sino que nos prevenía para estar prontos para eso. Naturalmente, todo era visto según la experiencia de la vida de una señora que vive en el hogar.

Ella nunca fue lo que en mi tiempo de joven llamaban mujer paraíba: una mujer feminista que sale de la casa, toma ciertas actitudes, conoce la vida de los hombres, hace negocios y cosas de ese género. Ella era de un modo que era preciso haber conocido. 

Yo doy un ejemplo que ella contó más de una vez. Mi abuelo tenía una oficina de abogacía, y, entre otros clientes, tenía a una viuda rica y sin hijos. Ella tenía una casa muy buena, grande, con jardines, criadas, etc., pero era una persona muy aburrida.

Mi abuelo tenía pena de esa señora, porque ella tenía buena salud, tenía todo para hacer una vida feliz, pero vivía en una especie de aislamiento por causa de su mal genio. Era una señora de buenas costumbres, pero, por otra parte, era de un trato muy censurable.

Aconteció que un día ella se enfermó de repente y le escribió una carta a mi abuelo, contándole eso y pidiendo si podía conseguirle una criada, algo así, un favor de esa clase. Mi abuelo procuró a mi madre y le dijo:

– Tu madre no está en condiciones de dirigir nuestra casa con tanto movimiento y menos aún para cuidar a esa señora. Es una obligación de caridad nuestra recibirla y tratarla. Aquí hay tal cuarto – un cuarto de huéspedes -; voy a traerla aquí y tú la vas a tratar. Quiero que esa señora salga de nuestra casa encantada con tu caridad.

Mi madre, con pena de esa señora y para agradar a mi padre, aceptó. Mi abuelo quedó tranquilo. Poco después llegó esa señora, mi madre la recibió con mil caricias, la acompañó hasta el cuarto, la trató como mejor no se la podría tratar.

Una hermana de mi madre, seis años más joven pero ya francamente con edad para ayudar, trataba a esa señora con la «punta de los dedos». Entraba en el cuarto una o dos veces al día, cuando ya estaba lista para salir a la calle:

– ¡Ah!, no quise salir a la calle sin saber cómo está Ud. ¿Ya está mejor, no? Conserve el optimismo, que todo saldrá bien.

Lo que equivale a decir al enfermo «no moleste» o «no se queje». Eso una vez o dos por día y se acabó. Y mi madre le decía a su hermana:

– Tú no puedes hacer eso. ¿No ves que papá no quiere eso? Además, pobrecita…
Mi tía decía:
– Vas a ver, estás haciendo por ella absurdos de dedicación sin ningún propósito, y cuando ella salga de aquí, si no sale en un féretro, sino viva, me va a agradecer a mí.

Mi madre ponía en duda que la cosa llegase a ese punto, porque la diferencia de trato era fabulosa. Pero, ¡dicho y hecho!
La señora se sanó y se preparó para volver a su casa. Había varias personas reunidas para despedirse de ella y entre otras estaba esa tía mía. La señora dijo al verla:

– ¡Ven acá! ¡Ah!, tú que fuiste mi ángel durante todo este período… ¡Esa es la maldad humana! De nada vale discutir, ni indagar. ¡Es hasta repugnante, eh! Y le dio un regalo…

Cruz

A mi madre apenas le dijo «gracias». Mi madre no lo decía, pero mientras ella nunca fue bonita, su hermana era muy bonita, en la línea en que mi abuela era bonita y fascinaba. Por lo tanto, cualquier pequeño agrado de mi tía brillaba, y las dedicaciones sin nombre de mi madre, esa señora las tomaba así. En ese punto también está la maldad humana.

Mi madre me contaba eso y una vez me lo contó en presencia de esa tía mía, que acompañó con atención, riéndose en algunos pasajes, y al final dijo que había sido exactamente lo que ella contaba.

Afecto que no esperaba retribución.

La moraleja del caso es que, si yo no hubiese sido formado así, por las faltas de retribución que recibo me volvería un hombre malo, y ella no quería eso. Ella quería que yo fuese bueno como ella lo era, y como consideraba que lo era su padre.

De hecho, mi abuelo tenía gestos como esos, de magnanimidad, de desconcertar. Ella contó varios. En ese punto la formación del padre sobre ella fue muy, muy eficaz. De ahí viene ese afecto que, a propósito, es necesario decir que las tres hijas tenían por el padre, un afecto que no las vi tener por nadie, y no vi que ninguna hija tuviese con su padre. No vi. Era una cosa sin igual. Querían mucho a su madre, la respetaban, pero la veneración era para con su padre.

Mi madre fue quien me formó en ese sentido. No estoy analizando si correspondí o no a la gracia de esa formación. Pero de ese modo casero ella me dio una filosofía. Ella no hablaba del pecado original ni nada de eso, pero contaba ese caso y quedaba entendido.

Una persona que saca esa conclusión de un pequeño hecho como ese, ve mucho más que lo que el común de las señoras ve a ese respecto y manifiesta allí una lucidez de vista, una penetración, un discernimiento – no me atrevo hablar de discernimiento de los espíritus -, de las psicologías y de las mentalidades muy grande. Lo cual es realmente muy bonito.

Si fuese necesario ella haría todo de nuevo, aun sabiendo que el resultado sería ese, pero aprovechando la experiencia de la última vez para preparar formas de servir mejor. ¡No se arrepentiría! Porque ella no lo hacía para recibir una retribución, sino para ser buena. En el fondo está Nuestro Señor Jesucristo, el Sagrado Corazón de Jesús.

Aquella frase del Corazón de Jesús a Santa Margarita María corresponde muy bien a eso: «He aquí el Corazón que tanto amó a los hombres y por ellos fue tan poco amado». Toda actitud de Nuestro Señor durante la Pasión fue eso. A propósito, es uno de los trazos por los cuales se doblan las rodillas ante Él, ¿no? Porque llevó esa perfección moral hasta un grado inimaginable. Por ejemplo, Longinos, que perforó con la lanza su costado y salió un agua que curó a ese soldado de una especie de semi-ceguera. Es decir, eso es Nuestro Señor Jesucristo por entero.

Así habría otros casos de ella para contar, ¡muchas cosas de ese género! Pero muchas, que ella sabía arreglar, mover, calmar; ¡muchas, muchas, muchas!.

Autor : Plinio Correa de Oliveira (Extraído de conferencia de 9/8/1986)

Destacados, Espiritualidad, María Santísima

Quien rece diariamente tres avemarías, tendría su auxilio durante la vida y su especial asistencia a la hora de la muerte.

enero 3, 2022

¿En qué consiste la devoción de las tres Avemarías?

En rezar tres veces el Avemaría a la Santísima Virgen, Madre de Dios y Señora nuestra, bien para honrarla o bien para alcanzar algún favor por su mediación.

¿Cuál es el fin de esta devoción?

Honrar los tres principales atributos de María Santísima, que son:

1.- El poder que le otorgó Dios Padre por ser su Hija predilecta.

2.- La sabiduría con que la adornó Dios Hijo, al elegirla como su Madre.

3.- La misericordia con que la llenó Dios Espíritu Santo, al escogerla por su Inmaculada Esposa.

De ahí viene que sean tres las Avemarías a rezar y no otro número diferente.

¿Cuál es la forma de rezar las tres Avemarías?

“María Madre mía, líbrame de caer en pecado mortal.

1. Por el poder que te concedió el Padre Eterno.

Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

2. Por la sabiduría que te concedió el Hijo.

Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.


3. Por el Amor que te concedió el Espíritu Santo

Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre por los
siglos de los siglos. Amén.

¿Cuál es el origen de la devoción de las tres Avemarías?

Santa Matilde, religiosa benedictina, suplicó a la Santísima Virgen que la asistiera en la hora de la muerte. La Virgen María le dijo lo siguiente: “Sí que lo haré; pero quiero que por tu parte me reces diariamente tres Avemarías.

 

La primera, pidiendo que así como Dios Padre me encumbró a un trono de gloria sin igual, haciéndome la más poderosa en el cielo y en la tierra, así también yo te asista en la tierra para fortificarte y apartar de ti toda potestad enemiga.

 

Por la segunda Avemaría me pedirás que así como el Hijo de Dios me llenó de sabiduría, en tal extremo que tengo más conocimiento de la Santísima Trinidad que todos los Santos, así te asista yo en el trance de la muerte para llenar tu alma de las luces de la fe y de la verdadera sabiduría, para que no la oscurezcan las tinieblas del error e ignorancia.

 

Por la tercera, pedirás que así como el Espíritu Santo me ha llenado de las dulzuras de su amor, y me ha hecho tan amable que después de Dios soy la más dulce y misericordiosa, así yo te asista en la muerte llenando tu alma de tal suavidad de amor divino, que toda pena y amargura de muerte se cambie para ti en delicias.”

Y esta promesa se extendió en beneficio de todos cuantos ponen en práctica ese rezo diario de las tres Avemarías.

¿Cuáles son las promesas de la Virgen a quienes rezasen diariamente las tres avemarías?

Nuestra Señora prometió a Santa Matilde y a otras almas piadosas que quien rezara diariamente tres avemarías, tendría su auxilio durante la vida y su especial asistencia a la hora de la muerte, presentándose en esa hora final con el brillo de una belleza tal que con sólo verla la consolaría y le transmitiría las alegrías del Cielo.

María renueva su promesa de protección:

Cuando Sor María Villani, religiosa dominica (siglo XVI), rezaba un día las tres Avemarías, oyó de labios de la Virgen estas estimulantes palabras:

“No sólo alcanzarás las gracias que me pides, sino que en la vida y en la muerte prometo ser especial protectora tuya y de cuantos como tú PRACTIQUEN ESTA DEVOCIÓN”

También dijo la Santísima Virgen: La devoción de las tres Avemarías siempre me fue muy grata… No dejéis de rezarlas y de hacerlas rezar cuanto podáis. Cada día tendréis pruebas de su eficacia…”
Fue la misma Santísima Virgen la que dijo a Santa Gertrudis que “quien la venerase en su relación con la Beatísima Trinidad, experimentaría el poder que le ha comunicado la Omnipotencia del Padre como Madre de Dios; admiraría los ingeniosos medios que le inspira la sabiduría del Hijo para la salvación de los hombres, y contemplaría la ardiente caridad encendida en su corazón por el Espíritu Santo”.

Refiriéndose a todo aquel que la haya invocado diariamente conmemorando el poder, la sabiduría y el amor que le fueron comunicados por la Augusta Trinidad, dijo María a Santa Gertrudis que, “a la hora de su muerte me mostraré a él con el brillo de una belleza tan grande, que mi vista le consolará y le comunicará las alegrías celestiales”.

¿Cuál es el fundamento de esta devoción?

La afirmación católica de que la Santísima Virgen poseyó, en el más alto grado posible a una criatura, los atributos de poder, sabiduría y misericordia.

Esto es lo que enseña la Iglesia al invocar a María como Virgen Poderosa, Madre de Misericordia y Trono de Sabiduría.

Para reforzar esta devoción contamos un bello testimonio de fe.

En un país situado detrás del «telón de acero», en el que, en los primeros meses del año 1968, se recrudeció la persecución religiosa, uno de los Obispos allí radicados recibió una misiva comunicándole confidencialmente que se preparaba un atentado contra su vida, por lo cual debía huir sin pérdida de tiempo y ocultarse.

Obedeciendo la consigna recibida, el aludido señor Obispo salió de su residencia vestido de aldeano y huyó a campo traviesa, caminando durante todo un día, alcanzándole la noche, divisando una amplia vega.

Aprovechando la oscuridad, se aproximó a una casa que vio poco distante y pidió a sus habitantes le permitiesen descansar unas horas sentado en una silla.

Los ocupantes de la casa -un matrimonio con varios hijos pequeños- acogieron la petición de hospedaje del que consideraron labriego viajero, pero no sólo le ofrecieron silla, sino que le hicieron cenar con ellos y luego le acomodaron en una habitación con buena cama.

Durante la cena, como notase el huésped gran preocupación y visible tristeza en el matrimonio, no pudo silenciar su observación y preguntó el motivo de tal inquietud y congoja; informándosele entonces de que el anciano padre de uno de ellos no había podido sentarse a la mesa porque estaba enfermo de mucha gravedad desde hacía unos días, y aunque le insistían cariñosamente para que hiciera conveniente preparación para la muerte, por si el momento de ésta sobreviniera, él les contestaba que todavía no iba a morirse, y, por tanto, no se preparaba…

Hubo unos breves comentarios del caso, pero ninguno se atrevió a hacer mención del aspecto religioso del asunto.

Retirados a descansar todos y transcurrida la noche, se dispuso el visitante y huésped a proseguir su camino; y al despedirse y dar gracias a quienes con tanta amabilidad le habían tratado, preguntó si le permitían saludar al viejecito enfermo, para comprobar el estado actual de su dolencia, a lo que, gustosamente, se accedió y le acompañaron.

Una vez el labriego junto al anciano, y luego de una corta conversación afectuosa, éste último, adoptando un gesto y tono decidido, dijo: «Mire usted, yo sé que estoy muy malo y que ya no me restableceré; pero, también sé que por ahora no moriré».

Al oírle hablar tan seguro, todos sonrieron al enfermo. Y ante aquellas sonrisas, añadió éste: «Se ríen porque he dicho que tengo la seguridad de que no voy a morir por ahora… Pues bien; lo repito. ¿Y sabe usted por qué?… Mire, yo no sé quién es usted, ni cómo piensa, pero como en la situación en que estoy ya no temo a nadie, le voy a decir la verdad:

Mi seguridad se apoya en que soy católico; los años de persecución religiosa no me han quitado la fe; y todos los días he rezado, y rezo, las Tres Avemarías, pidiéndole a la Virgen María que, a la hora de la muerte, esté asistido por un sacerdote que prepare mi alma para el tránsito, y usted comprenderá que habiéndole rogado tantas veces a la Santísima Virgen eso, la Virgen no consentirá que yo muera sin un sacerdote a mi lado; y como no lo tengo, por eso estoy tan seguro de que por ahora no me muero».

Emocionado el labriego por aquella declaración del ancianito, le tomó la mano y le dijo: «Esa gran fe que ha conservado, y esa súplica diaria a la Madre de Dios, rezándole las tres Avemarías, han atraído el favor del Cielo y ha sido la Providencia la que me dirigió hasta aquí… No es un sacerdote lo que la Virgen le manda, sino a su Obispo de usted… Porque yo soy el Obispo de esta Diócesis, que va hacia el exilio»

La impresión, y al propio tiempo el gozo, del anciano y sus hijos fue enorme. Tan grande, que no sabían cómo expresar su asombro y su reverencia…

Seguidamente, el señor Obispo realizó las confesiones, ofició la Santa Misa en la habitación del enfermo, y les dio a todos la comunión; dejando al viejecito espiritualmente dispuesto para emprender su postrer viaje con término en el Cielo…

Viaje que tuvo lugar dos días después de aquella Misa excepcional.

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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