María Santísima

Nuestra Señora de Guadalupe

¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo?, ¿No soy yo la fuente de tu alegría?
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Nuestra Señora de Guadalupe se apareció a Juan Diego.  Se piensa generalmente que era un indígena “pobre” y de “baja condición social”. No obstante, sabemos hoy, por diversos testimonios, que él era hijo del rey de Textoco, Netzahualpiltzintli, y nieto del famoso rey Netzahualcóyolt. Su madre era la reina Tlacayehuatzin, descendiente de Moctezuma y señora de Atzcapotzalco y Atzacualco. En estos dos lugares Juan Diego poseía tierras y otros bienes en herencia.

Fue a este representante de las etnias indígenas del Nuevo Mundo a quien, ya hace casi quinientos años, la Madre de Dios apareció trayendo un mensaje de bienquerencia, dulzura y suavidad, cuya luz se prolonga hasta nuestros días.

Para comprender la magnitud del bondadoso mensaje de Nuestra Señora, debemos trasladarnos al ambiente psico-religioso de aquel tiempo.

De un lado, las numerosas etnias que habitaban el valle del Anahuac, actual Ciudad de México, habían vivido durante décadas bajo el despotismo de la tribu más poderosa, en la que habitualmente se practicaban sangrientos ritos idolátricos. Anualmente, sacrificaban millares de jóvenes para mantener encendido el “fuego del sol”. La antropofagia, la poligamia y el incesto eran parte de su vida.

Los celosos misioneros, llegados junto con los españoles, veían la necesidad imperiosa de evangelizar ese pueblo, extirpando tan repugnantes costumbres.

Entretanto, los malos hábitos adquiridos, la dificultad del idioma y, sobretodo, un cierto orgullo indígena de no aceptar el “Dios del conquistador” en detrimento de sus divinidades, hacían difícil la tarea de introducir en ese ambiente la Luz del mundo.

Dios Nuestro Señor, en su infinita misericordia, queriendo que todos los hombres “se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4), preparaba una maravillosa solución para ese impasse.

Nuestra Señora se aparece a San Juan Diego.

El 9 de diciembre de 1531, Juan Diego estaba en los alrededores del cerro Tepeyac, en la actual ciudad de Méjico. Repentinamente, oyó una música suave, sonora y melodiosa que, poco a poco, se fue extinguiendo. En ese momento escuchó una lindísima voz, que en el idioma nahualt lo llamaba por su nombre. Era Nuestra Señora de Guadalupe.

Después de saludarlo con mucho cariño y afecto, le dirigió estas palabras llenas de bondad: “Sábelo, ten por cierto, hijo mío el más pequeño, que yo soy la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive, del Creador de las personas, el Dueño de la cercanía y de la inmediatez, el Dueño del cielo, Dueño de la tierra.

Mucho quiero, mucho deseo que aquí me levanten un templo, para en él mostrar y dar todo mi amor, mi compasión, mi auxilio y mi salvación.

Porque en verdad soy vuestra madre compasiva, a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; quiero oír ahí sus lamentos y remediar todas sus miserias, penas y dolores».

La Virgen pidió a Juan Diego que fuese al palacio del Obispo de Méjico, y le comunicase que ella lo enviaba y pedía la construcción del templo.

El “Mensajero de la Virgen” fue a entrevistarse con el Obispo de Fray Luis de Zumárraga, a quien narró lo sucedido, pero éste se mostró incrédulo citándolo para otro día.

Segunda y tercera Aparición

En ese mismo día, al ponerse el sol, Juan Diego, apesadumbrado, va a dar cuenta a la Virgen de su fracasada misión. Y con una encantadora inocencia, le pide a Ella que escoja un embajador más digno, estimado y respetado. La Madre de Dios le respondió:

Escucha, el más pequeño de mis hijos, ten por cierto que no son escasos mis servidores, mis mensajeros, a quienes encargue que lleven mi mensaje y hagan mi voluntad. Pero es muy necesario que tú, personalmente, vayas, y que por tu intercesión se realice, se lleve a efecto mi querer, mi voluntad. Y mucho te ruego, hijo mío el menor, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al Obispo. Y de mi parte hazle saber, hazle oír mi querer, mi voluntad, para que realice, haga mi templo que le pido. Y otra vez dile que yo, personalmente, la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, te envío».

Al día siguiente, después de asistir a misa, Juan Diego volvió a buscar al señor Obispo Zumárraga, quien lo recibió con atención, pero, más escéptico que antes, le dice que era necesario “una señal” para demostrar que era realmente la Reina del Cielo quien lo enviaba. Con toda naturalidad Juan Diego respondió que sí, y va a pedirle a la Señora la “señal” solicitada.

Al caer el sol, como en las veces anteriores, se le apareció Nuestra Señora radiante de dulzura. Ella aceptó sin el menor reproche concederle la señal pedida, para lo cual lo citó al día siguiente.

Él huye, Ella va a su Encuentro.

Sin embargo, al día siguiente, lunes 11, Juan Diego no se presenta a la cita. Su tío, Juan Bernardino, había caído repentinamente enfermo, y él trata por todos los recursos medicinales indígenas curarlo. Todo fue en vano. Cuando el tío ve que la muerte se aproxima, siendo ya cristiano fervoroso, le pide a su sobrino que intente traerle un sacerdote para que lo asista.

Juan Diego, presuroso, sale al amanecer del día 12 en busca del confesor, pero decide tomar un camino diferente al habitual, para que la “Señora del Cielo” no le salga al encuentro, pues, pensaba él: “me pedirá cuentas de su encargo y no podré ir en busca del sacerdote».

Pero su artimaña no funciona.

Para su asombro, la Madre de Dios se le apareció en ese camino. Avergonzado, Juan Diego trató de disculparse con fórmulas de cortesía propias de la usanza indígena:

“Mi jovencita, Hija mía la más pequeña, Niña mía, ojalá que estés contenta.” Y luego de explicarle la enfermedad de su tío, como la causa de su falta de diligencia, concluyó: “Te ruego me perdones, porque con ello no engaño, Hija mía la menor, Niña mía, mañana sin falta vendré a toda prisa».

A lo cual le respondió la Virgen, con bondad y cariño:

“Escucha, y ponlo en tu corazón, hijo mío el menor, que no es nada lo que te asusta y aflige. Que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad, ni ninguna otra enfermedad y angustia.

¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo?, ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa? Que ninguna otra cosa te aflija, ni te perturbe. No te apriete con pena la enfermedad de tu tío, porque de ella no morirá por ahora. Ten por cierto que ya sanó».

Señal para el “Mensajero de la Virgen"

Así que oyó esas bellísimas palabras, Juan Diego, muy consolado, creyó en la Virgen. Ahora era preciso cumplir con la misión. ¿Cuál era la señal? Ella le ordena subir al cerro del Tepeyac y cortar las flores que allí encontrara. Encargo imposible, dado que nunca las había, y menos todavía en ese tiempo de intenso frío y sequedad. Pero Juan Diego no duda. Sube el cerro y en la cumbre encuentra las más bellas y variadas rosas, todas perfumadas y llenas de gotas de rocío como si fuesen perlas. Las cortó y colocó en su tilma (poncho típico de los indios mejicanos). Al llegar abajo, Juan Diego mostró las flores a Nuestra Señora, quien las toca con sus manos celestiales y se las vuelve a poner en la tilma.

“Hijito mío, el más pequeño, esta diversidad de flores son la prueba y señal que llevarás al Obispo. Le dirás de mi parte que vea en ella mi voluntad y él tiene que cumplirla. Tú eres mi embajador en el que absolutamente deposito toda la confianza. Rigurosamente te ordeno que sólo delante del Obispo despliegues tu manta y descubras lo que llevas».

Juan Diego se dirigió nuevamente al palacio del Obispo Zumárraga y luego de mucho esperar y forcejear con los criados, lo hace pasar a su presencia. El “Mensajero de la Virgen” comenzó a narrar todo lo sucedido con Nuestra Señora y en cierto momento extiende su tilma, descubriendo la señal. Cayeron las más preciosas y perfumadas flores y, al instante, se estampó milagrosamente en el tejido la portentosa Imagen de la Perfecta Virgen Santa María Madre de Dios, que se venera hasta hoy en el Santuario de Guadalupe.

Profundo sentido eclesial y Misionero.

Así fue la gran aparición, cuyo primer resultado fue la conversión a gran escala de los indígenas. “El acontecimiento Guadalupano – señala el episcopado de Méjico – significó el inicio de la evangelización, con una vitalidad que sobrepasó todas las expectativas. El mensaje de Cristo, por medio de su Madre, tomó los elementos centrales de la cultura indígena, los purificó y les dio el definitivo sentido de salvación.” Y el Papa completa: “Es así que Guadalupe y Juan Diego tomaron un profundo sentido eclesial y misionero, siendo un modelo de evangelización perfectamente inculturada» (Misa de Canonización, 31/7/2002).

Por eso, determinó Su Santidad que en el día 12 de diciembre sea celebrada, en todo el Continente, la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, Madre y Evangelizadora de América (Exhortación Apostólica Ecclesia in America).

El cinto y el resplandor.

Nuestra Señora de Guadalupe se presenta con un cinto que no se ubica en su cintura, sino más arriba.

Era la señal para los indígenas que Ella estaba encinta. ¿A quién daría a luz? Al Sol Resplandeciente. El gran resplandor que Nuestra Señora tiene atrás de sí o que sale de dentro de Ella es el sol. Para los habitantes de México, ese astro era símbolo de la divinidad. Luego, la señora de la figura no era otra, sino que la Madre de Dios.

Fecha de la Aparición.

Existe un dato significativo, vinculado al símbolo del sol. Y está relacionado con el llamado solsticio de invierno. En todo el hemisferio sur, este sucede el 22 de junio. Debido a la inclinación del eje terrestre, el sol alcanza su máximo alejamiento de la línea del Ecuador. Es el inicio del invierno, y también el día en que el sol nace más tarde y se pone más temprano. Por esa razón, además, es el día más corto y la noche más larga del año. En el hemisferio norte en el cual se ubica México, ese solsticio de invierno sucede el 22 de diciembre. Desde la más remota antigüedad, los pueblos paganos consideraban esa fecha como la más importante del año, por el simbolismo del sol que, después de apagarse vuelve a crecer. Los pueblos prehispánicos de México, muy conocedores de la astronomía tenían ese día en la más alta consideración religiosa, era el día en que el sol moribundo cobraba vigor, era el retorno a la vida, era el resurgimiento de la luz, la victoria sobre las tinieblas.

La aparición de Nuestra Señora de Guadalupe se dio exactamente en esa ocasión. Aunque en aquel tiempo constase como 12 de diciembre (y que por respeto a la tradición es la fecha que se mantiene hasta hoy), se trataba de un error del calendario Juliano hasta entonces en vigor y que fue corregido posteriormente.

Para reforzar la impresión en ellos causada, en el mismo momento el famoso cometa Halley alcanzaba su zenit en los cielos mexicanos.

Su Manto de Estrellas.

De acuerdo con recientes estudios se puede comprobar con admirable exactitud que, en el manto de Nuestra Señora, están representados los astros más brillantes de las principales constelaciones visibles en el valle del Anahuac —actual Ciudad de México— el día de la aparición. Era una prueba más para los indígenas que la Señora venía del cielo.

La Flor de Cuatro Pétalos.

Si se presta atención en la túnica de Nuestra Señora, abajo del cinto veremos una pequeña flor de cuatro pétalos. Esa flor es Nahui-Hollín, de gran importancia en la visión indígena del universo. Ella representa la antigua ciudad de Tenochtitlán, la capital Azteca, y en especial la colina del Tepeyac, donde se dio la aparición de Nuestra Señora. Representaba también, la plenitud de la presencia de Dios. Era otra indicación, para aquellos pueblos, de que la Señora con el manto de estrellas llevaba en su purísimo seno al único Dios verdadero.

El resto de flores y figuras impresas en su túnica no están ahí puestas al azar. Corresponden a los diversos aspectos geográficos de México, que los indígenas interpretaban a la perfección.

El Cabello.

Nuestra Señora lleva el cabello suelto lo que entre los aztecas era señal de virginidad. Por lo tanto, era la muestra que la Señora es Virgen y Madre.

El Rostro.

Por fin, Nuestra Señora quiso presentarse con rasgos mestizos, rostro moreno y ovalado y así, manifestar que Ella desea ser la Madre amorosa de todos los habitantes de América.

Muchísimos otros símbolos pueden observarse en la extraordinaria figura de Nuestra Señora de Guadalupe, y ninguno de ellos está al azar, pues todo en Ella es de una altísima Sabiduría. Por otra parte, existe un sinnúmero de maravillas que la Virgen oculta y que la ciencia con todos sus avances tecnológicos no consigue explicar. Por ejemplo, el maravilloso fenómeno de sus pupilas, en las cuales se distinguen con lupa minúsculas figuras humanas.

La durabilidad inexplicable del rudo manto que ni el ácido sulfúrico, caído por accidente, consigue destruir.

El modo misterioso en que fue impresa la figura de la Virgen y otros aspectos que próximamente abordaremos. Son las maravillas de la “Siempre Virgen Santa María, Madre del Verdadero Dios” como ella misma se definió cuando habló por la primera vez con San Juan Diego.

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Destacados, Historia y Creación

A semejanza del Rey del Universo, que nació en una gélida gruta y murió crucificado por los jefes del mundo, Luis XVII inició su reinado en una prisión.
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mayo 21, 2022

París, 21 de enero de 1793. El redoble de los tambores suena por toda la ciudad, acompañado del bramido de una multitud sedienta de sangre. De repente, un espantoso silencio se apodera de la plaza cuando el criminal llega al cadalso.

¿Criminal? Sí. ¿Qué ley había quebrantado? La ley que «la libertad, la igualdad y la fraternidad» habían impuesto a la nación: la monarquía era «opresora» y, por tanto, debía ser exterminada. El «crimen» de este reo consistía en ser rey de Francia, razón por la cual estaba siendo tratado como el peor de los delincuentes.

El silencio se prolonga unos instantes más en la plaza, pues en los corazones de los franceses allí presentes, por increíble que parezca, aún palpitan restos de respeto por la jerarquía y de amor a la nobleza. Meses antes aclamaban con entusiasmo al rey Luis XVI, al cual ahora contemplan siendo entregado a la muerte, para luego comparecer ante el justo juicio de Dios.

Se produce un último toque de tambores y la implacable cuchilla de la guillotina cae sobre la cabeza del infeliz monarca.

El «vino bueno» de la realeza francesa

Para unos, la noticia de la muerte del rey les causó terror y consternación; para otros, fue motivo de bailes y canciones, que rápidamente culminaron en verdaderas orgías, propias a la vileza de espíritu que la Revolución francesa propagaba entre sus adeptos.

Sin embargo, la mano de Dios, que tan bondadosamente había conducido a la Hija primogénita de la Iglesia a lo largo de los siglos —desde el Bautismo de Clodoveo, atravesando el reinado del gran Carlos y regocijándose con la virtud de San Luis IX, hasta llegar a aquel horrible día—, no se había apartado de ella. Estaba reservado para Francia, así como para toda la Historia, el «vino bueno» de su realeza: ¡un niño!

Sí, un niño, que lloraba amargamente la pérdida de su padre y yacía prisionero abrazado a su madre, desde entonces una pobre viuda. Sobre este jovencito de tan sólo 7 años recaía el manto de los Reyes Cristianísimos, el cual, a su vez, crecería en dignidad al cubrir a un crío inocente coronado por el dolor y por el martirio.

El delfín Louis-Charles, nacido el 27 de marzo de 1785, hijo de la ilustre princesa de Austria y reina de Francia, María Antonieta, y del rey Luis XVI, ya estaba siendo aclamado como Luis XVII por todas las naciones de Europa y por los franceses que se mantenían fieles a la monarquía.

Un reinado marcado por la fidelidad en medio de la tragedia

«Vive le Roi ! Vive Louis XVII !», era el grito que resonaba en las tropas católicas de la Vendée y en el ejército del duque de Condé. Sin embargo, a semejanza del Rey del Universo, que nació en una gélida gruta perseguido por los jefes del mundo, el pequeño Luis XVII vivió los primeros días de su reinado en una prisión, cargando sobre sí el pesado yugo del odio y de la indignación revolucionaria.

Sabían los fautores de la Revolución que por este niño pasaba la hebra dorada de la realeza de Francia, cuya monarquía casi legendaria había impregnado con su perfume los siglos de la cristiandad. Y sabían, por tanto, que la historia del pequeño monarca definiría el futuro de Europa y de la civilización cristiana.

Ante su deseo de derrumbar cualquier tradición sana, llevar a la ruina el orden establecido por la Santa Iglesia en las costumbres e implantar el caos y la igualdad en las almas y en los pueblos, planearon maquiavélicamente la misteriosa desaparición de ese joven rey. Para tal, comenzaron por separarlo de la única que podría ampararlo, sustentarlo y aconsejarlo en aquellas dramáticas circunstancias: su madre.

Durante la tragedia más sublime de la Historia de los hombres, la Pasión del Señor, se dio una escena lacerante y desgarradora: el encuentro de Jesús con su Madre y la solemne despedida de ambos en el Calvario. Después de entregarla al apóstol Juan, el divino Redentor expiró, separándose físicamente de aquella que, entre todas las criaturas, era la más amada de su Sagrado Corazón.

¿Quién puede hacerse una idea de los dolores que esa separación causó en el Inmaculado Corazón de María? ¡Nadie! Porque no ha habido una madre que amara tanto a su hijo como la Virgen Santísima amó al suyo, ¡que era Dios mismo!

Siglos después hubo una madre que —guardando las debidas proporciones— sufrió en la cárcel de la torre del Temple análogos dolores a los de Nuestra Señora al ver cómo le arrancaban de los brazos a su amado hijito, el delfín de Francia.

Llantos, amenazas, gritos y lamentaciones… Nada conmovió los corazones endurecidos de aquellos revolucionarios. Al ver que todos sus esfuerzos caían en el vacío, María Antonieta, cuya rubia cabellera se había vuelto blanca por los horribles sufrimientos de la prisión, comprendió, finalmente, que aquel tormento era permitido por Dios por razones que ella no lograba entender. Recordando el martirio supremo que Él mismo había abrazado por amor a los hombres, se armó del valor que había animado a la Santísima Virgen a estar de pie ante su Hijo agonizante y, con santo heroísmo, le dijo al pequeño: «Pues sí, hijo mío, hay que obedecer; hay que hacerlo».1 Con su corazón materno traspasado de dolor, soltó la mano del niño, el cual acabó aceptando que su elevada condición de rey le exigía, en ese momento, un cruel padecimiento.

Era necesario, de hecho, que un inocente sufriera por el pecado de su pueblo. Así, arrancado lejos del cariño y de los cuidados maternos, Luis XVII inició su doloroso calvario.

Cruel y lento martirio de Luis XVII, padecido con santidad

Llevado a otro compartimento de la torre del Temple, el delfín fue entregado en las manos de Simón, el zapatero, un «fiel patriota», dado a la borrachera y a las más depravadas costumbres. Este individuo sería el «educador» de Luis XVII, que tan sólo tenía 8 años.

Aprovechándose de su pueril ingenuidad, el zapatero le enseñaba canciones revolucionarias y lo embriagaba en numerosas ocasiones para que pronunciara injurias a la corona y firmara documentos que favorecía al nuevo «Gobierno» francés.2

Es difícil describir en pocas líneas la condición lastimosa en que los malos tratos de Simón habían dejado al pequeño rey… Su salud quedó profundamente afectada; su fisonomía, antes dulce y sonriente, se vio marcada por la tristeza, y su semblante, enflaquecido y pálido; sus miembros alargados y desproporcionados, su espalda, curvada, y su postura, abatida.3

No obstante, la personalidad del joven Luis se mantenía firme. En los momentos de lucidez, se oponía enérgicamente a cualquier sugerencia de Simón y por eso era castigado con injurias furibundas, bofetadas, patadas e incluso agresiones bastante violentas, como la de ser agarrado y sacudido en el aire hasta dejarle todo el cuerpo descoyuntado.4

La cólera del impío zapatero estaba tan descontrolada que un día, al constatar que no conseguiría de ninguna forma obligar al niño a decir un «¡Viva la República!», lo tuvo que sujetar un conocido, que allí estaba presente, para que no acabara matándolo a base de golpes…

Delante de tanto horror, empero, el delfín daba constantes muestras de virtud y paciencia. Un ejemplo conmovedor se dio a propósito del hecho recién narrado. Cuenta la Historia que, «al día siguiente, cuando ese mismo conocido regresó a los aposentos de Simón fue sorprendido por parte de Luis XVII con el obsequio de una manzana, quien le dijo que había guardado el postre de la víspera para dársela de regalo en agradecimiento por haberle salvado la vida».5 De hecho, a pesar de estar exhausto por las torturas y por la prisión, el joven rey jamás perdió su nobleza de alma y de sangre; al contrario, el sufrimiento no hizo más que refinar en su corazón esas cualidades.

En muchas otras circunstancias Luis XVII brilló ante Dios por sus piadosas disposiciones. Una vez, Simón lo pilló rezando de madrugada arrodillado sobre su catre; al día siguiente, al ver al pequeño orando de nuevo, el bruto zapatero le sorprendió por la espalda con una palangana de agua helada que lo dejó completamente empapado, así como su cama. En otra ocasión, dio muestras de profundo desapego de sí mismo cuando, al ser interrogado sobre qué haría si los vandeanos restauraran el trono de Francia, respondió: «Te perdonaría».6 La prueba más grande de su virtud, sin embargo, se encuentra sin duda en que «nunca formuló la mínima censura, ni la más leve acusación contra quienes lo habían torturado».7

Este joven rey fue un auténtico mártir de cuerpo y, ante todo, de alma. Su fidelidad a Dios y a Francia, en medio de tantos tormentos, marcó la Historia para siempre.

Nuevas y más lancinantes pruebas…

Como la Revolución siempre engaña a sus agentes, un cambio de poderes llevó al propio Simón a la guillotina. Entonces al pequeño delfín, casi destrozado por tantos malos tratos y con la salud enteramente depauperada, lo echaron en otra prisión y lo dejaron allí olvidado como enterrado vivo. Durante seis largos meses estuvo únicamente bajo la vigilancia de unos guardias. Ya había combatido, con el mismo heroísmo de sus antepasados, la influencia pecaminosa y satánica de Simón; ahora, tendría que enfrentar adversarios aún más crueles: el abandono, la soledad y el miedo.

Empezaba un nuevo «martirio incesante, de corazón y de espíritu, profundo y lancinante, totalmente inefable, conmovedor para todos, pero que sólo Dios pudo conocer. Aparentemente, al menos, no podía haber dejado de sentirse abandonado por los ángeles y por los suyos y entregado, indefenso, al odio, a la crueldad bárbara y a la grosería injuriosa de sus enemigos que no buscaban otra cosa que destruirlo a él y, en él, Francia, de la cual era su encarnación».8

¿Quién puede desvelar las enormes luchas interiores que esta joven alma libró en su soledad? El tiempo que pasó en prisión le parecía una eternidad… Los fantasmas del pavor atormentaban su tierno corazón y la angustia se apoderaba de su ser, antes tan lleno de fuerza y de coraje. Su cortísima vida se asemejaba a la peor de las pesadillas: alejado del respeto, las pompas y los honores a los que tenía derecho, sin la mínima ocupación que lo pudiera distraer, sin una palabra siquiera que lo animara y, sobre todo, sin nadie que lo amparara en aquella dura situación. Sus días transcurrían como años; y los meses, como décadas…

No obstante, mientras la Revolución esparcía el terror por Francia, la sangre de este rey, víctima de su propio pueblo, era presentada a Dios cual ofrenda de suave e irresistible olor.

Oprobio de la nación, cargó hasta la muerte con los pecados de su pueblo

Los meses pasaban y la dirección del Gobierno tomó, nuevamente, otros rumbos. Los responsables por el delfín —ahora menos radicales y odiosos—, al ver su espantoso estado, iniciaron los procedimientos para su recuperación. Pero la salud del niño estaba tan debilitada que los esfuerzos de los médicos fueron inútiles, que sólo sirvieron para prolongar su agonía…

Hay una lacerante frase de las Escrituras que se aplica al divino Llagado: «Soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo» (Sal 21, 7). Aquel joven rey de Francia, a semejanza de Cristo, tenía el cuerpo cubierto de úlceras, irreconocible, y no podía moverse sin dolor. Habiéndose convertido, como Jesús, en el oprobio de su nación, cargaba igualmente sobre sí los pecados de su pueblo. Por amor a los suyos, había de sorber hasta el final el cáliz que le había sido destinado.

En junio de 1795 llegaba, por fin, la postrera hora del pequeño mártir. En su lecho, con intensos dolores por todo el cuerpo, su fisonomía se volvió de repente plácida y serena. Uno de los que lo acompañaban, sujetándole la mano, le decía: «Espero que no estéis sufriendo en este momento…». Y recibió una respuesta llena de unción: «¡Oh, sí! Aún sufro, pero mucho menos: ¡la música es tan bonita!». Sorprendido y lleno de compasión, su acompañante le preguntó de qué parte venía la música, y le contestó: «¡De lo alto! ¡De entre todas las voces, he reconocido la de mi madre!».9

Poco después hubo relevo de carceleros. Cuando el nuevo guardia se acercó y percibió que el niño se encontraba en los últimos momentos de su existencia le preguntó cómo se sentía. El pobre huerfanito, insistiendo en lo que había dicho anteriormente, le respondió: «¿Crees que mi hermana ha podido escuchar la música? ¡Qué bien le habría hecho!».10 Ante tanta inocencia y nobleza de alma, del corazón de los que lo acompañaban brotó un respetuoso silencio.

Pasados unos instantes, con los ojos brillantes y bien abiertos, dando la impresión de estar en un éxtasis, el joven rey se incorporó con mucha dificultad y dijo: «Tengo que decir una cosa…».11 Pero las fuerzas lo dejaron y los hombres no fueron dignos de oír las últimas palabras concebidas por su virginal corazón; quedaron como un secreto precioso que Dios quiso reservarse para sí. Con mucha calma, el niño recostó nuevamente la cabeza y entregó su alma al Sagrado Corazón de Jesús, aquel que, hacía más de cien años, había concedido a los soberanos de Francia el privilegio de su amistad, de su amor y de su predilección. Era el 8 de junio de 1795.

Finalmente, ¡los Cielos lo acogieron!

Ciertamente, el pequeño rey mártir enseguida pudo encontrar el consuelo y el reposo de todos sus tormentos en los brazos de Nuestra Señora. A este hijo de tantos dolores, a este heredero de tantos tesoros, a este guerrero que concentró en sí los más bellos y osados heroísmos de su linaje, María Santísima, Madre de Misericordia, no podría dejar de abrirle, con ternura, las puertas del Paraíso.

Aunque no ha sido beatificado por la Iglesia, Luis XVII es merecedor de toda nuestra admiración, nuestro arrobo y nuestro encanto, pues dejó un sublime ejemplo para los siglos futuros. Al aceptar con heroica grandeza sufrimientos muy por encima de sus fuerzas y soportar en beneficio de la nación los tormentos que ella misma le había infligido, nos enseñó a proceder como otros Cristos cuando los vientos de la tragedia golpean las puertas de nuestra alma. ◊

Autor: Hna. Patricia Victoria Villegas, EP

Revista Heraldos del Evangelio Año XIX. N.º 215. Junio 2021

 

Notas:
1 ESCANDE, OP, Renaud (Dir.). O livro negro da Revolução Francesa. Lisboa: Alêtheia, 2010, p. 134.
2 Cf. Ídem, p. 137.
3 Cf. BEAUCHESNE, Alcide de. Louis XVII, sa vie, son agonie, sa mort. Captivité de la famille royale au Temple. 8.ª ed. Paris: Hachette, 1871, v. II, p. 163.
4 Cf. ESCANDE, op. cit., pp. 137-138.
5 Ídem, p. 138.
6 Ídem, p. 136.
7 Ídem, p. 143.
8 Ídem, p. 141.
9 Cf. BEAUCHESNE, op. cit., pp. 324-325.
10 Cf. Ídem, p. 325. Referencia a María Teresa Carlota, Madame Royale, hermana mayor de Luis XVII y, como él, prisionera en uno de los compartimentos de la torre del Temple.
11 Ídem, ibídem.

Espiritualidad

Pocas veces en nuestro quehacer cotidiano consideramos la importancia de la palabra.
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febrero 27, 2022

En el conjunto de la Creación, el hombre se asemeja a un misterioso «joyero» en el cual Dios ha depositado los más diversos y preciosos dones. Uno de ellos, especial entre todos, es el de la palabra.

Pocas veces en nuestro quehacer cotidiano consideramos su importancia y continuamente la utilizamos de modo irreflexivo. No obstante, se puede transformar en un poderoso instrumento de edificación, si es bien utilizada, o en una peligrosa arma de destrucción…

En efecto, son incontables las almas que se han convertido a las vías de la santidad movidas por santas predicaciones o por la lectura de la Palabra de Dios; y quizá más numerosas aún sean las que han perseverado en la virtud debido a un sabido consejo de un hermano en la fe. Por otra parte, el mal uso de esa capacidad arrastró y todavía arrastra a multitudes hacia la perdición y puede llegar a producir efectos devastadores en sus víctimas, principalmente por medio de un conocido vicio: la maledicencia.

¿Quién eres tú para juzgar a tu hermano?

Murmuración

Consistiendo esencialmente en el empleo de la facultad de expresión para evidenciar y propagar algo malo, existente o no, de otro, la maledicencia fácilmente encuentra terreno fértil en el alma humana.

Como nadie está exento de defectos y lagunas, es natural que la convivencia, incluso entre los que se quieren mucho, tienda al desgaste: poco a poco, y con frecuencia de manera no culpable, el brillo de las cualidades ajenas empieza a disminuir a los ojos de sus prójimos y pasa a constatar las debilidades. En ese momento es cuando se presenta el peligro. Si no se toma cuidado, enseguida son olvidados por completo los lados buenos de los demás y considerados, injustamente, sólo sus lados defectibles… Como «de lo que rebosa el corazón habla la boca», en esa etapa el tentador convence sin dificultad para que se hagan públicos esos defectos que se han encontrado o se han imaginado encontrar.

Sea como fuere, nadie tiene el derecho de hacer conocidas las miserias del prójimo. Si Dios, único Juez verdadero y principal ofendido por las faltas de los hombres, no lo hace, ¿quién podrá hacerlo? A los que se creen aptos para ello, bien se les aplica la exclamación de la Escritura: ¿quién eres tú para juzgar a tu hermano? (cf. Sant 4, 12).

Además, quien publica las faltas de los otros hace mal a los que las escuchan, tanto por el escándalo que pueden causar como por la posible inducción al propio vicio de la maledicencia. ¡Ay de los que provocan el escándalo! ¡Más les valdría que les ataran al cuello una piedra de molino y los arrojaran al mar (cf. Lc 17, 1-2)!

Hay que considerar también esta enseñanza del divino Maestro: «No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros» (Lc 6, 37-38).

Remedio para las almas débiles

Hay una categoría de personas que se deja contaminar por la maledicencia por debilidad. Abatida por el peso de las miserias ajenas, procura «desahogar» sus penas y resentimientos con comentarios inoportunos. A esas almas, la moral católica les ofrece un remedio superior y eficaz: la admiración.

En un ambiente impregnado de admiración, la «cizaña» de la maledicencia no encuentra espacio para desarrollarse. Hace al hombre semejante a un colibrí que, acercándose a las flores, va derecho al néctar e ignora los abrojos: el admirativo se ocupa con tanto agrado de las cualidades de los demás que no le sobra atención para considerar los defectos.

Pero para lograr tal nobleza de alma no basta el simple esfuerzo humano… Es necesario juntar las manos y rogarle a Dios, por intercesión de la Virgen, el auxilio superabundante de la gracia. Así confortado por lo sobrenatural, el hombre se vuelve capaz no sólo de exaltar los lados buenos de sus compañeros, sino de disponerse a sanar sus debilidades y ser para ellos un auxilio en la lucha por la virtud.

Finalmente, la admiración es también la solución para los pecados de maledicencia ya cometidos. Como la doctrina católica exige que se restituya el honor del prójimo, denigrado ante los demás, ningún medio podría ser más eficaz que pasar a elogiar sus cualidades.

Castigo a los obstinados

Sin embargo, en las vías del mal uso de la lengua también hay almas empedernidas, hijas del odio, que se convierte en calumniadoras de aquellos que practican el bien y que, por lo tanto, constituyen una denuncia a la torpeza de sus vidas.

Para los perversos de toda la Historia, atribuirles públicamente y de mala fe delitos infundados a las almas justas ha sido uno de los medios más eficaces de persecución, pues los falsos testimonios encuentran siempre morada en la superficialidad y molicie de los corazones… Pocos son los íntegros y valientes que se preocupan en analizar con profundidad los hechos, para sacar de ellos una conclusión verdadera; la mayoría, por el contrario, oye con complacencia, negligencia y respeto humano las criminales acusaciones y no se opone a quien las hace, volviéndose, según Santo Tomás de Aquino,1 partícipe del mismo pecado.

Es lo que hicieron con el Redentor durante su vida pública hasta que, finalmente, lo condenaron al suplicio de la cruz en virtud de crímenes que jamás había cometido. El pueblo judío, beneficiado por Él con toda clase de milagros, curaciones y gracias celestiales, en lugar de defender la evidente inocencia del Cordero divino prefirió ceder negligentemente al odio de los ancianos y maestros de la ley.

A las insaciables almas viperinas, no obstante, la Providencia —que está celosa por sus elegidos— reserva el castigo profetizado en el Libro de los Salmos: «Lengua embustera, […] Dios te destruirá para siempre, te abatirá y te barrerá de tu tienda; arrancará tus raíces del suelo vital» (51, 6-7). Los calumniadores no tienen duración en la tierra: tarde o temprano el infortunio los sorprenderá (cf. Sal 139, 12).

¡Seamos hijos fieles de la Santa Iglesia!

En su epístola, el apóstol Santiago resume muy bien la primordial importancia del don de la palabra: «Si alguien no falta en el hablar, ese es un hombre perfecto, capaz de controlar también todo su cuerpo. A los caballos les metemos el freno en la boca para que ellos nos obedezcan, y así dirigimos a todo el animal. Fijaos también que los barcos, siendo tan grandes e impulsados por vientos tan recios, se dirigen con un timón pequeñísimo por donde el piloto quiere navegar. Lo mismo pasa con la lengua: es un órgano pequeño, pero alardea de grandezas» (3, 2-5).

Sepamos, pues, utilizar con santidad esa arma que ha sido puesta en nuestras manos. Refrenemos nuestra lengua y coloquémosla bajo el dulce yugo de la admiración. Así, la benevolencia divina nos acompañará.

Sobre todo, como fieles hijos de la Santa Iglesia en estos tiempos de tribulación, estemos vigilantes a las voces infernales que contra ella se levantan y presentémonos con prontitud y ufanía en su defensa, convencidos de que ella es siempre inmaculada e indefectible, digna de toda alabanza. ◊

Autor: Hna. Cecilia Grasielle Leverman, EP

Revista Heraldos del Evangelio.

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Notas

1 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. II–II, q. 73, a. 4.

San José

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diciembre 26, 2021

San José, guardián de los tesoros de Dios.

De la misma manera que Dios constituyó a aquel José, hijo del patriarca Jacob, gobernador de toda la tierra de Egipto, a fin de que no le faltara el sustento a su pueblo, así, cumplida la plenitud del tiempo, cuando iba a mandar a la tierra a su Hijo unigénito, Salvador del mundo, escogió a otro José, del cual el primero era una figura, y lo erigió señor y príncipe de su casa y de sus bienes, y lo eligió como guardián de sus principales tesoros.

En efecto, tuvo por esposa a la Inmaculada Virgen María, de la cual, por obra del Espíritu Santo, nació Nuestro Señor Jesucristo, quien ante los hombres se dignó ser considerado hijo de José, al que estuvo sometido.

Y Aquel a quien tantos reyes y profetas anhelaron ver, este José no sólo lo vio, sino que convivió con Él, y con paternal afecto lo abrazó y besó; y además con una solicitud sin igual alimentó a Aquel a quien el pueblo fiel habría de comer como pan bajado del Cielo para conseguir la vida eterna.

Por esta sublime dignidad, que Dios confirió a su fidelísimo siervo, la Iglesia ha venerado siempre con sumo honor y alabanza al bienaventurado José, después de la Virgen Madre de Dios, su esposa, e implorado su intercesión en los momentos de dificultad.

San José, Patrono de la Iglesia.

Ahora bien, ya que en estos tristísimos tiempos la misma Iglesia por todas partes es atacada por sus enemigos, y oprimida por tan graves calamidades que los impíos piensan que finalmente las puertas del infierno han prevalecido contra ella, los venerables obispos de todo el orbe católico dirigieron al Sumo Pontífice sus súplicas y las de los fieles que están bajo su cargo solicitándole que se dignara constituir a San José Patrono de la Iglesia Católica.

Y habiendo renovado luego más insistentemente sus peticiones y sus votos en el Sacro Concilio Ecuménico Vaticano, nuestro Santo Padre, el Papa Pío IX, conmovido por la luctuosa situación de los tiempos actuales, poniéndose a sí mismo y a todos los fieles bajo el poderosísimo patrocinio del Santo Patriarca José, quiso satisfacer los votos de los excelentísimos obispos y lo declaró solemnemente Patrón de la Iglesia Católica.

 

Sagrada Congregación de Ritos. Fragmento del Decreto «Quemadmodum Deus», 8/12/1870 ASS 6 (1870), 193-194

Historia y Creación

A continuación pasearemos por las alturas, recorriendo algunas montañas y nevados del Ecuador.
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noviembre 18, 2021

Una de las escenas más pungentes encontrada en los Evangelios, sin duda, está en el sermón de la montaña, descrita por San Mateo (capítulos 5-7). En el lenguaje bíblico la ‘montaña’, debido a su elevación, se torna un lugar de comunicación con lo divino; así pueden ser vistos, por ejemplo, el Sinaí, el Horeb, el monte Sión, etc. Las montañas, comunican al hombre la grandeza y la magnitud del Creador.

Sus formas irregulares y diversas, se mezclan en la armonía de sus puntas, coloreadas por el mejor  amigo  de los pintores, el sol. A continuación pasearemos por las alturas, recorriendo algunas montañas y nevados del Ecuador:

Chimborazo (6.310 m)

El rey de los Andes ecuatorianos, sobrepasa en altura a todas las demás montañas y elevaciones; el enorme macizo se alarga en dirección este-oeste con una altura que llega a los 6.310 msnm y una base de más de 20 Km. de diámetro. No ha tenido actividad volcánica reciente y se calcula que su última erupción ocurrió hace aproximadamente 10.000 años.

Su majestuosidad es tal que en un día despejado se puede observar al Chimborazo incluso desde la ciudad de Guayaquil, a orillas del océano Pacífico.

Cotopaxi (5.897 m)

A 5897 metros encima del nivel de mar, y elevando majestuosamente encima de las montañas Andinas, es el volcán más alto, es uno de los volcanes mas activos en todo el Ecuador.

El nombre de la montaña es una voz Cayapa que se descompone así: Coto, cuello; pag, de pagta, sol y si de shi, dulce. Es decir, “Dulce Cuello de Sol”.

Cayambe (5.790 m)

El Cayambe es un volcán en la Cordillera Central del norte de Ecuador. Es el tercer volcán más alto de Ecuador detrás del Cotopaxi, tiene una altitud de aproximadamente 5790 m sobre el nivel del mar.

Antisana (5.758 m)

El volcán Antisana es un nevado de más de 5700 m de altura ubicado a 48 km al sureste de Quito y alejado de las carreteras asfaltadas. La atracción principal es el Cóndor Andino, pero el páramo también alberga inusuales bromelias o “puyas”, frailejones, gran cantidad de especies de colibríes y otras aves de altura que rodean las lagunas, y barrancos de lava de más de 200 años de antigüedad.

Altar (5.319 m)

El Altar es un volcán extinto localizado en el centro de Ecuador, en la Cordillera Oriental de los Andes a unos 45 km al suroeste de Riobamba.

El volcán recibe su nombre debido a las formas que adoptan sus numerosos picos, semejando el altar de una Iglesia. Los incas llamaron a este volcán Capac Urcu, que significa montaña todopoderosa.

lliniza (5.248 m)

Iliniza es un estratovolcán en Ecuador, situado unos 55 km al sudoeste de Quito. Illiniza, un volcán potencialmente activo, consta de dos picos cubiertos de nieve: Illiniza Sur (5.248 m) y Illiniza Norte (5.126 m).  Su nombre deriva de las palabras kunza para «cerro varón».

Tungurahua (5.023 m)

El Tungurahua (5.023 metros) está localizado en la Cordillera de Ecuador (Los Andes), 140 kilómetros (87 millas) al sur de Quito, la capital del país. Notables montañas y volcanes cercanos son el Chimborazo (6.310 metros) y El Altar (5.319 metros). La pequeña ciudad de Baños, conocida por sus aguas termales, se encuentra en sus faldas, a aproximadamente cinco kilómetros al norte.

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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