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Misión – Parroquia San Andrés Kim

Parroquia San Andrés Kim - Quito, recibió a la Imagen Peregrina de Nuestra Señora de Fátima.
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noviembre 10, 2021

Fieles de la parroquia San Andrés Kim, ubicada en el sector de Turubamba al sur de Quito, recibieron la visita de la imagen de Nuestra Señora de Fátima.

El padre Ramiro Rodríguez agradeció a los Caballeros de la Virgen por esta ayuda evangelizadora.

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Historia y Creación

Pese a que muchos titubeaban o incluso rehusaban creérselo, el Titanic estaba a punto de consumar su carrera. En breve se encontraría sepultado bajo las aguas.
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octubre 20, 2021

Estaba concluyendo la Belle Époque,1 un tiempo marcado por la búsqueda del disfrute de la vida, de la alegría liviana y relajada y por grandes adelantos científicos e industriales que le proporcionaban al hombre la sensación de seguridad, estabilidad y autosuficiencia. Sin embargo, todo caminaba a pasos agigantados hacia un trágico final: la Primera Guerra Mundial.

En ese contexto histórico fue cuando la empresa naviera White Star Line, a iniciativa de su presidente, Joseph Bruce Ismay, terminó la construcción del Titanic, cuyo viaje inaugural, con destino a Nueva York, partiría del puerto de Southampton el 10 de abril de 1912.

Aquel día el sol había despuntado particularmente luminoso, el cielo se mostraba límpido y una suave brisa recorría la ciudad, mientras que las aves parecían volar con más vivacidad que la de costumbre. Todo concurría a presagiar el éxito del mayor transatlántico jamás construido.

Se dice que una ilustre dama de la sociedad inglesa, apellidada Cadwell, mientras observaba cómo el personal de cubierta cargaba el equipaje, le preguntó a uno de los mozos:

—¿Es verdad que este barco es insumergible?

—Así es, señora. ¡Ni Dios lo hunde! —le contestó.

Osada afirmación… No obstante, aquellas palabras no sólo representaban la opinión de un simple marinero, sino que reflejaba el estado de espíritu laico y cautivado por el progreso que impregnaba la sociedad inglesa de la época. El gigantesco buque alucinó a las mentes tanto de los que lo construyeron como de aquellos que en él embarcaron.

Grande y diversa reunión social

El Titanic salió de Southampton con más de 2000 pasajeros a bordo, entre ellos nobles y millonarios, miembros de la alta sociedad de la época y el propio Bruce Ismay. Varios eran habituales en los viajes liderados por el renombrado capitán Edward Smith, que, a sus 62 años, navegaría por última vez al mando.

A parte de los magnates y gente adinerada que constituían la primera y la segunda clase, a bordo iba una tercera, compuesta por emigrantes que se dirigían a Estados Unidos llenos de esperanza, confiados en obtener en el Nuevo Mundo una considerable fortuna que les permitiera escapar de su condición obrera.

Más que una común y corriente travesía por el Atlántico, ese viaje podría ser considerado como una grande y diversa reunión social. En las distintas cubiertas del moderno barco, personas de todas las condiciones recorrían optimistas el delicioso «mar de los sueños» que el mundo ilusamente les ofrecía.

Despreocupados, rumbo al desastre

El domingo 14 de abril el día rayó también sereno y soleado. A las 9 h, no obstante, el radiotelegrafista recibió un mensaje del Caronia, una embarcación que navegaba por aquella zona, en el que se les avisaba de la presencia de hielo en la superficie marina. Nadie, sin embargo, le dio mucha importancia al asunto.

A las 13:40 h, un nuevo recado, esta vez enviado por el Baltic, otro transatlántico de la White Star Line, en donde se alertaba acerca de una gran cantidad de icebergs exactamente en la ruta que el Titanic estaba siguiendo. El telegrafista transmitió la noticia al puente de mando y el oficial responsable la encaminó al capitán Smith.

Éste, como era la hora de la comida, decidió terminarla tranquilamente y después se dirigió al castillo de popa en busca del presidente de la compañía, que paseaba por allí; tras recibir el mensaje se guardó el papel en el bolsillo y siguió andando.

A lo largo de la cadena de mando nadie quiso preocuparse con el peligro. Todos preferían endosárselo a un superior o dejar de lado aquel «fastidio» que amenazaba con estropearles tan agradable travesía.

No tardaron en llegar nuevas advertencias, en esta ocasión del SS Amerika y del SS Californian, pero el operador de radio, Jack Philips, optimista como todos, no los tomó en cuenta.

La falta de vigilancia y la vergonzosa despreocupación que tantas veces preceden a los grandes desastres ocurridos en la Historia se extendían por aquella tripulación… Su actitud omisa y absurda anunciaba la inevitable tragedia: en unos instantes tendría lugar la colisión.

Investigaciones posteriores levantaron la sospecha de que la decisión de no reducir la velocidad del barco ni alterar su rumbo se debió a la presión ejercida sobre el comandante por el presidente de la compañía, Bruce Ismay2… La amplia experiencia del capitán Smith le hacía consciente del peligro que los icebergs significaban en aquellas aguas. Pero le pareció más importante colaborar en mantener el prestigio de la compañía y evitar maniobras que impidieran finalizar la travesía en el tiempo estimado…

Además, no era plausible pensar que aquel buque tan grande, potente y bien construido llegara a hundirse en plena época de éxitos y desarrollo.

Por la noche, el capitán se retiró sin darle mayor importancia a la gravedad de la situación. Mientras las estrellas cintilaban en la bóveda oscura de un cielo sin luna, las luces de los salones y los camarotes se iban apagando poco a poco. En el barco reinaba la calma; en el mar los icebergs se acercaban amenazadores…

Astuta acción del demonio

La ceguera y consecuente inacción ante el peligro tan inminente nos resultan angustiadoras y nos llevan a preguntarnos qué motivo habría para tan grande «bobada» colectiva.

Ahora bien, analizando los hechos más profundamente, se percibe en ese episodio histórico la presencia discreta, casi inapreciable del demonio, maestro en usar una táctica sagaz y muy eficaz en sus confabulaciones.

Para que se entienda mejor, pensemos cómo actúa el cáncer sobre una persona. Se trata de una enfermedad potencialmente mortal, cuyo principal peligro está en el hecho de ser, al comienzo, imperceptible. Las células afectadas van formando silenciosamente tumores en el organismo y cuando el individuo empieza a sentir sus síntomas, el daño ya es, muchas veces, irreversible.

Así también se comporta Satanás. Su trampa consiste en influenciar a las almas al actuar con discreción. Cuando la persona se da cuenta de su presencia, mil y un defectos y miserias ya han echado raíces en su alma, haciéndose dificilísimo combatirlos.

Ahora bien, esa no es la peor artimaña del enemigo infernal. Existe un medio más nocivo para atentar contra los hijos de Dios: ¡revestirse con apariencias de bien! Son los «lobos rapaces» que se disfrazan de «buenas ovejas» contra los cuales nos alerta el divino Redentor en el Evangelio (cf. Mt 7, 15).

En esas ocasiones, el mal se presenta bajo el velo de supuesta virtud para corroer sin obstáculos a su presa. Embriagada por la belleza, suavidad y blancura que cree constatar en la falsa oveja, la víctima no logra discernir nada de malo o peligroso y se deja devorar. De nada sirven, habitualmente, las advertencias que le son hechas.

Siendo así, se podría afirmar que el estado de espíritu de los tripulantes y pasajeros del Titanic tuvo su origen en un terrible «cáncer» llamado mundanismo. O, tal vez, que fueron atacados por un lobo feroz disfrazado de inocente oveja, conocido como progreso humano.

Veían este mundo traicionero como un mar de placeres inofensivos, maravillosos e interminables, cuando, en realidad, es sólo el campo de batalla transitorio en el cual se decide nuestro destino eterno. Confiaban en los avances de la ciencia y de la tecnología hasta el punto de considerarse inmunes a cualquier desastre, como si nuestras vidas no fueran gobernadas desde lo alto por el Dios omnipotente. Cuando se dieron cuenta de su ilusión, ya era demasiado tarde…

Y sucedió lo inevitable…

En torno a las 23:30 h de aquella noche sin luna, aparentemente tranquila, los vigías Frederick Fleet y Reginald Lee divisaron desde la atalaya una imagen siniestra: ¡un gigantesco bloque oscuro flotaba a unos 500 metros de distancia de la proa del barco! El monstruoso obstáculo no pudieron verlo antes porque los responsables no disponían de prismáticos…3

Enseguida sonaron tres toques de alarma y el puesto de mando recibió un aviso por teléfono: «¡Iceberg a la vista!». El primer oficial, William McMaster Murdoch, no tuvo tiempo de tomar ninguna medida preventiva; únicamente gritó: «¡Apaguen los motores! ¡Giren todo a babor!».

La orden fue obedecida de inmediato, pero el obstáculo se encontraba demasiado cerca. Lo que parecía imposible se volvió inevitable: el Titanic colisionó de forma violenta contra el hielo y fue perdiendo velocidad poco a poco, hasta detenerse… ¡Estaba mortalmente herido!

El armador del barco, el ingeniero naval Thomas Andrews, acompañado por el capitán Smith, se apresuró a hacer una inspección y confesó al instante que estaba todo perdido. Con tres de sus dieciséis compartimentos estancos dañados, el Titanic podría continuar flotando, y aún lo haría, en caso extremo, hasta con cuatro de ellos totalmente inundados. Sin embargo, el iceberg había chocado con el navío con tanta fuerza y en un ángulo tal que fueron cinco los compartimentos que se vieron afectados de una sola vez.

La gravedad de la situación los llevó a despertar a la tripulación que no estaba de servicio en ese momento: «¡Vamos compañeros, salid! No nos queda ni media hora de vida. Esto nos lo dice el Sr. Andrews. Pero guardáoslo para vosotros, que nadie lo sepa»4.

No hubo, de hecho, ni campanas, ni sirenas, ni ningún tipo de alarma general. La noticia fue comunicada de persona a persona, y se les pedía a todos los pasajeros que se reunieran en la cubierta principal con los chalecos salvavidas puestos.

¿Cómo reaccionaron los pasajeros?

En el interior del barco, el golpe fatal solamente redundó en una leve sacudida. Se cuenta que en la sala de fumadores aún estaban algunos jugando al póker a esas horas. Sintieron un ligero impacto y vieron desfilar por las ventanas una montaña de hielo de más de 20 metros. No obstante, la noche les parecía bella y tranquila. No se tomaron la molestia de salir a ver qué estaba pasando. A fin de cuentas, se encontraban en el Titanic, el gran transatlántico que «ni Dios lo podía hundir»…

Poco a poco la realidad se fue volviendo indiscutible. Mientras la mayor parte de las personas dormía, el mar iba inundando el barco. En escasos minutos dos metros y medio de agua cubrían la sala de máquinas. Y ni siquiera eso consiguió sacudir el optimismo absurdo de buena parte de los pasajeros; muchos aún dudaban si de verdad se estaba hundiendo… Cuando los empleados los despertaban y les ayudaban a ponerse el chaleco salvavidas, algunos sonreían, creyendo que se trataba de una medida exagerada.

Media hora después de la medianoche daban la orden: «Mujeres y niños a los botes salvavidas». Quince minutos después, el primero de ellos descendía al mar. Pero la evacuación fue hecha de forma lenta y desorganizada.

Varios de los marineros no sabían siquiera a cuáles de los botes tenían que ir, porque nunca habían sido entrenados a reaccionar en caso de emergencia… Por falta de pericia de los responsables, solamente cuatro de los veinte botes disponibles fueron llenados a más del 70% de su capacidad.

Además de la incompetencia de la tripulación otro factor concurrió al fracaso de la operación: ¡muchos pasajeros se negaron a entrar en los botes! Se sentían mucho más seguros en el Titanic y no creían en el inminente hundimiento. Muchas mujeres, que deberían haber sido las primeras en evacuar la embarcación, rechazaban hacerlo al juzgar que fuera imposible que el buque llegara a hundirse.

Al principio, no hubo entre los pasajeros ninguna señal de pánico. Uno de los motivos para ello es el hecho de que la propia tripulación del barco les hizo que creyeran que todo se trataba de un mero simulacro… Además, la orquesta seguía tocando melodías alegres, con el fin de mantener la calma.

¿Hasta qué punto persistiría aquella obstinación general que ya superaba todos los límites de lo inimaginable?

¡Finalmente se dieron cuenta!…

Pese a que muchos titubeaban o incluso rehusaban creérselo, el Titanic estaba a punto de consumar su carrera. En breve se encontraría sepultado bajo las aguas.

A las dos de la madrugada, el lento y dramático descenso del titán de los mares a las profundidades del Atlántico se aproximaba del momento final. Únicamente entonces, al toparse de frente con la seriedad de la muerte, se deshicieron las irrisorias ilusiones de los más recalcitrantes y se desmoronó su confianza mundana. Algunos se acordaron de Dios y empezaron a rezar. Otros corrían desorientados por los pasillos y salones de la embarcación, presos de la desesperación.

A los 2:17 h todas las luces del buque se habían apagado. En medio de la oscuridad nada más que se percibía gente lanzándose desde todas partes al mar helado como último intento de salvarse.

A las 2:20 h del 15 de abril, las aguas del océano se cerraban para siempre sobre el orgulloso navío y, con él, se hundía el estúpido optimismo de toda una generación. El naufragio del Titanic ponía de relieve, en cierto sentido, el fraude de ese way of life5 ateo y hedonista.

El mundo de hoy: un «nuevo Titanic»

Tan sólo 660 personas de las más de 2000 que habían embarcado en Southampton sobrevivieron al naufragio. Pero ¡ay!, ¡cuántas oportunidades hubo de evitar o minimizar tan enorme catástrofe!

Si los comandantes les hubieran dado verdadera importancia a los mensajes recibidos el domingo alertándoles sobre los icebergs… Si la presencia de prismáticos en el equipo de los vigías les hubiera permitido avistar un minuto antes aquel enorme bloque de hielo… Si la tripulación hubiera sido entrenada para actuar correctamente en aquella emergencia… Si los pasajeros hubieran creído en el peligro inminente… ¡Cuántas de esas 1500 vidas perdidas no se podrían haber salvado!

Ahora bien, ¿quién sabe si, a semejanza de lo ocurrido milenios antes en la Torre de Babel, Dios no habría permitido que, en el hundimiento del Titanic, el hombre fuera víctima de su propio orgullo? ¿No habrá consentido Él en ese fracaso como un merecido castigo a la arrogancia humana de principios de siglo, que osaba desafiar al Creador con sus conocimientos científicos?

Analogías no faltan tampoco entre los días de hoy y el naufragio del poderoso buque. Ante la decadencia moral, social e intelectual en que vivimos inmersos, antes las cada vez más frecuentes catástrofes naturales sean o no causadas por el ser humano, ante las pandemias y misteriosas enfermedades que amenazan al mundo entero, el hombre hodierno insiste en quedarse mirando hacia sí mismo.

Y «ese optimismo a toda prueba, que no se altera ante las más evidentes manifestaciones de que las cosas van mal, indica una insensibilidad ante los planos de la Providencia y, en último análisis, un divorcio entre los hombres y Dios»6.

La humanidad ya ha recibido numerosas advertencias con respecto al peligro que la amenaza. La principal de ellas fue dada por la propia Virgen Santísima en Fátima, pocos años después del episodio histórico que acabamos de recordar. ¿Habrá sido Ella escuchada por los que se dicen hijos suyos? ¿O los hombres creen, como tantas veces ha ocurrido a lo largo de la Historia, que la «poderosa embarcación» del mundo es «insumergible» como supuestamente lo era el Titanic?

Lo cierto es que, desde la expulsión de nuestros primeros padres del paraíso terrenal, Dios juró que la estirpe de la Virgen vencería a la de la serpiente. Y por eso Nuestra Señora prometió: «¡Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará!».

No nos preocupemos, por tanto, con la solidez de nuestro navío, ni con la violencia de las olas que lo sacuden en medio de la victoria, ni con los icebergs traicioneros. Sean cuales fueren las dificultades que encontremos a lo largo del camino, la promesa de María Santísima nos garantiza el éxito de la travesía.

Autor: Hna. Antonella Ochipinti, EP

Notas


1 Período comprendido entre los años 1890 y 1914, caracterizado por la prosperidad económica y cultural inmediatamente anterior a la Primera Guerra Mundial.

2 Cf. VALLS SOLER, Xavier. Titanic: el naufragio del orgullo. In: www.lavanguardia.com.

3 Ídem, ibídem.

4 UNITED STATES SENATE INQUIRY. Testimony of Samuel Hemming, 25 abr. 1912. In: www.titanicinquiry.org

5 Del inglés: estilo de vida.

6 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Conferencia. São Paulo, 25/7/1969.

Espiritualidad

He aquí la sugerencia de un método para aquellos que desean hacer un examen de conciencia serio, honesto y fructífero.
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septiembre 12, 2021

La vida espiritual, sobre todo en su fase primaveril, nos ofrece alegrías verdaderamente indescriptibles para el vocabulario humano. Es una oración que nos encanta, una adoración al Santísimo Sacramento en la cual nos sentimos atendidos. Será, tal vez, el contacto con una persona en la cual vemos reflejadas las perfecciones del propio Dios… En fin, son torrentes de gracias que nos son distribuidas por la bondad de Dios y que nos preparan para la lucha. Para la lucha, sí, pues «militia est vita hominis super terram» – la vida del hombre sobre la tierra es una lucha -, según nos enseña Job (7, 1).

Sin embargo, como en toda guerra, es necesario atacar y defenderse. Atacar los defectos y defenderse de las insidias del demonio. Y, para eso, la Divina Providencia puso a disposición de todos, un arma casi invencible, cuando bien usada: el examen de conciencia.

¿Cómo hacerlo bien?

Grandes doctores y espiritualistas -San Ignacio de Loyola, el P. Alonso Rodríguez y otros- indican: recomiendan ellos el examen de conciencia particular, o sea, aquel en el cual analizamos apenas uno de nuestros defectos y hacemos todo lo posible para de él corregirnos.

¿Pero no sería más útil hacer eso con todos los defectos que notamos en nosotros mismos? Veremos…

Todo hombre puede ser comparado a una fortaleza gobernada por un rey. Ella está siempre cercada por un enemigo que la rodea buscando alguna brecha por la cual pueda entrar. Si no la encuentra, va, sin duda, buscarla a fin de encontrar un punto vulnerable en el cual concentrará todos los tiros de sus cañones con la intención de invadirla. Por eso es necesario fortificar la parte débil con mucho más empeño que las partes en las cuales es suficiente una buena vigilancia. De lo contrario la derrota es segura.

Esto es lo que se da, análogamente, con nosotros. La fortaleza es nuestra alma, las murallas son las virtudes y el Rey es Dios que habita en nosotros por la Gracia Santificante.

Estamos siempre cercados por nuestros enemigos -los demonios- que, por así decir, buscan alguna laguna en esa fortificación, o sea, nuestras malas tendencias, en la cual empleará todos sus engaños.

Y nuestra obligación es hacer todo para defender al Rey, comenzando por robustecer la virtud que juzgamos más débil en nosotros -lo que no es tan difícil de desvendar… Esto hecho -con los medios que el propio Soberano de nuestra alma nos da- el demonio tendrá un poder mucho menor sobre nosotros.

Solidificando una virtud, todas las otras lucran, pues ellas son hermanas. Vigilando poco o cediendo en pequeños puntos, nuestra vida espiritual corre el riesgo de ser, tarde o temprano, llevada a la ruina.

Método para hacer un buen Examen de Conciencia.

He aquí la sugerencia de un método para aquellos que desean hacer un examen de conciencia serio, honesto y fructífero:

1) Descubrir en nosotros mismos un defecto moral que particularmente nos dificulta la perfecta práctica de la virtud y escogerlo como materia de examen particular. En esa elección, debemos dar prioridad a los defectos que puedan ofender o desedificar a los hermanos.

2) Realizar el examen diariamente antes de dormir -o inclusive otras veces durante el día, caso sea posible- de preferencia en lugares recogidos, del siguiente modo:

a) Pedir gracias para bien reconocer los defectos y de ellos hacer un buen examen.

b) Analizar el día, viendo las fallas cometidas contra las virtudes que buscamos fortificar.

c) Pedir fuerzas para de ellos enmendarnos, y para hacer y cumplir buenos propósitos.

Tomemos como ejemplo la bellísima virtud de la Obediencia. Se podría hacer los siguientes propósitos para fortalecerla, como aconseja el P. Alonso Rodríguez:

1) Ser puntual en la obediencia exterior: a la orden del superior, interrumpir trabajos comenzados, dejándolos para después. Buscar cumplir la voluntad del superior sin incluso esperar orden expresa;

2) Obedecer de corazón, teniendo una misma voluntad y querer con el superior;

3) Tener siempre el mismo parecer del superior, nunca dar lugar a razones contrarias a aquellas que nos manda;

4) Tomar la voz de todo y cualquier superior como si fuese la voz del propio Dios;

5) Obedecer ciegamente, esto es, sin procurar inquirir o examinar el porqué de la orden dada, bastando para obedecer la obediencia;

6) Colocar todo el gusto en obedecer y no en hacer la propia voluntad.
Evidentemente, para la confesión el examen de consciencia debe ser general, apuntando todos los pecados para de ellos recibir el perdón.

Pidamos, pues, a nuestra Madre celestial la gracia de un perfecto uso de esa arma casi infalible. Así, creceremos en la unión con Su Hijo, con Ella y con todos los santos y, al final de nuestros días en esta Tierra podremos decir como San Pablo: «Combatí el buen combate, guardé la fe: dadme ahora el premio de Vuestra gloria». (II Tim 4, 7-8)

Padre Rodrigo Fugyama, EP

Espiritualidad

La sabiduría de la Iglesia propone a los fieles el 1 de noviembre el recuerdo de todos "los elegidos que se encuentran en la gloria de Dios", hayan sido ellos canonizados oficialmente o no
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noviembre 14, 2021

La Iglesia reserva el día primero de noviembre para cada año celebrar la solemnidad litúrgica de Todos los Santos.

En esta ocasión la sabiduría de la Iglesia propone a los fieles el recuerdo de todos «los elegidos que se encuentran en la gloria de Dios», hayan sido ellos canonizados oficialmente o no.

Todos los Santos

Ya en el siglo IV, las Iglesias de Oriente iniciaron la promoción de celebraciones conjuntas que recordaban y conmemoraban a todos los Santos. Era recomendado que estas celebraciones debiesen ser durante las alegrías de la Pascua o en la semana que la siguiese.

En el Occidente la introducción de estas celebraciones fueron hechas un poco más tarde.

Esta devoción fue introducida por el Papa Bonifacio IV al dedicar a la Santísima Virgen y a todos los mártires el Panteón de Roma, en el día 13 de mayo del año 610, cuando, a partir de entonces, la conmemoración fuese realizada anualmente.

Entonces, por todo el mundo, la solemnidad pasó a ser conmemorada, en fechas diferentes, pero teniendo todas las celebraciones un contenido idéntico.

La fecha de 1º de noviembre fue adoptada por primera vez en Inglaterra, en siglo VIII y, a los pocos, se esparció por el imperio de Carlos Magno que se tornó obligatoria en el reino de los Francos en el tiempo del Rey Luis, el Piadoso, en el año 835.

Todo lleva a creer que el acto del Emperador Carlos Magno haya sido el acatamiento de un pedido a el hecho por el Papa Gregorio IV (790-844).

Todos los santos

Celebración de los Fieles difuntos

Desde el segundo siglo, los cristianos habían iniciado la práctica de rezar por los fallecidos.

Era muy común visitar las tumbas de los mártires y rezar por aquellos que los precedieron derramando su sangre en defensa de la Fe.

La Iglesia, ya en el siglo V, dedicaba un día del año a rezar por todos los muertos para los cuales nadie rezaba y de los cuáles nadie se acordaba.

Fue el Abad de Cluny, San Odilón, quién determinó hacia el final del primer milenio, en el año 998 que, en todos los monasterios de su Orden, en la fecha del 2 de noviembre, fuese realizada la evocación de todos los fallecidos «desde el principio hasta el fin del mundo».

Por el siglo XI los Papas Silvestre II (1009), Juan XVII (1009) y León IX (1015) recomiendan a toda la comunidad cristiana a dedicar un día a los muertos.

En el siglo XIII ese día anual pasa a ser conmemorado el 2 de noviembre, porque el 1º de noviembre es la Fiesta de Todos los Santos.

La costumbre de conmemorar los fieles difuntos se generalizó y fue oficializada por Roma en el siglo XIV.

En el siglo XV la Iglesia concedió a los frailes dominicos de Valencia, en España, el privilegio de celebrar tres Misas en este día. Esta práctica se difundió por los dominios de España y Portugal y también en Polonia.

Más recientemente, todavía durante la I Guerra Mundial, el Papa Benedicto XV, en el año 1915, generalizó ese privilegio para toda la Iglesia.

Doctrina Católica

La doctrina católica evoca algunos pasajes bíblicos para fundamentar su posición: Tobías 12,12; Job 1,18-20; Mt 12,32 y II Macabeos 12,43-46, y se apoya en la tradición de una práctica piadosa ya dos veces milenaria.

Destacados, Espiritualidad

Para muchos, la oración es meramente la recitación de palabras memorizadas o leídas. Entretanto, ella posee un sentido más profundo y sobrenatural.
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noviembre 24, 2021

La Oración es el diálogo con Dios.

Para muchos, la oración es meramente la recitación de palabras memorizadas o leídas. Entretanto, ella posee un sentido más profundo y sobrenatural: es «el diálogo del hombre con Dios» 1, la «elevación de la mente a Dios» 2.

La oración, el diálogo con Dios, es un bien incomparable, porque nos pone en comunión íntima con Dios. Así como los ojos del cuerpo son iluminados cuando reciben la luz, el alma que se eleva para Dios es iluminada por su luz inefable. Hablo de la oración que no es solo una actitud exterior, sino que proviene del corazón y no se limita a ocasiones u horas determinadas, prolongándose día y noche, sin interrupción. 3

El hombre puede convertir un simple trabajo en oración, pues cualquier acto de virtud, cuando realizado por un motivo sobrenatural, es considerado como tal. 4

No debemos orientar el pensamiento hacia Dios apenas cuando nos aplicamos a la oración; también en medio de las más variadas tareas […] es preciso conservar siempre vivos el deseo y el recuerdo de Dios. Y así, todas nuestras obras, condimentadas con la sal del amor de Dios, se tornarán un alimento dulcísimo para el Señor del universo. Podemos, entretanto, gozar continuamente en nuestra vida del bien que resulta de la oración, si le dedicamos todo el tiempo que nos es posible. 5

«Venid a Mi, vosotros todos que estáis afligidos bajo el fardo de vuestros pecados, y Yo os aliviaré» (Mt 11, 28). Bien sabe el Divino Maestro cuáles son nuestros combates en este valle de lágrimas y cuánto el yugo de nuestras debilidades nos fatiga y deprime. Desea Él que, por medio de la oración, depositemos nuestra confianza en su poderoso auxilio para, así, aplastar nuestras debilidades y edificar un templo espiritual agradable a sus ojos.

La Oración es el alimento del alma.

«Venid a Mi, vosotros todos que estáis afligidos bajo el fardo de vuestros pecados, y Yo os aliviaré» (Mt 11, 28). Bien sabe el Divino Maestro cuáles son nuestros combates en este valle de lágrimas y cuánto el yugo de nuestras debilidades nos fatiga y deprime. Desea Él que, por medio de la oración, depositemos nuestra confianza en su poderoso auxilio para, así, aplastar nuestras debilidades y edificar un templo espiritual agradable a sus ojos.

Es propio a la naturaleza humana alimentarse, una vez que, sin los nutrientes necesarios, acaba por desfallecer. Lo mismo ocurre con el alma, la cual, para subsistir, precisa de un alimento espiritual que la robustezca y anime. Ese nutriente divino es la oración conforme atestigua San Agustín:

«La oración es todavía el alimento del alma, porque así como el cuerpo no se puede sustentar sin alimento; sin la oración no se puede conservar la vida del alma. Como el cuerpo, por la comida, así el alma del hombre es conservada por la oración». 6

Lo que hay de más elevado en el hombre no es el cuerpo, sino el alma, visto que el cuerpo languidece y se corrompe, y el alma, entretanto, es inmortal. ¡Cómo somos celosos en sustentar el cuerpo y relajados en el deber de vivificar el alma!

Si supiésemos tomar la oración como remedio para nuestra debilidad, mucho más haríamos para la gloria de Dios.

La oración es, por tanto, la fuerza de los débiles y socorro de aquellos que caen en el abismo del pecado, vencedora de los incrédulos, fortaleza de los Santos, verdadero vigor del alma.

El más fuerte de los guerreros, adornado de la más preciosa armadura, será considerado como incapacitado para la guerra si no sabe doblar las rodillas y con humildad recurrir a Aquel de quien procede toda victoria. Ese es el tesoro que nos «concede todas las gracias pedidas, vence todas las fuerzas del enemigo; […] transforma a los ciegos en iluminados, los débiles en fuertes, los pecadores en santos». 7

Luego, ¿quién no recurrirá a tan valioso don? «¿Quién hay en el mundo más excelente que la oración? ¿Qué cosa más útil y provechosa? ¿Qué cosa más dulce y más suave? ¿Qué cosa más alta y más sublime en toda nuestra religión cristiana?» 8

Hna. Lays Gonçalves de Sousa, EP

Notas:

1 SAN JUAN CLÍMACO. In: LOARTE, José Antonio. El tesoro de los Padres: Selección de textos de los Santos Padres para el tercer milenio. Madrid: Rialp, 1998, p. 345. (Tradução da autora).
2 SAN JUAN DAMASCENO, apud ROYO MARÍN, Antonio. La oración del cristiano. Madrid: BAC, 1975, p. 4. (Tradução da autora).
3 PSEUDO-CRISÓSTOMO. A oração é a luz da alma. In: COMISSÃO EPISCOPAL DE TEXTOS LITÚRGICOS. Liturgia das horas. São Paulo: Vozes; Paulinas; Paulus; Ave Maria; 2000, v. II, p. 58.
4 Cf. ROYO MARÍN. Op. cit. p. 4.
5 PSEUDO-CRISÓSTOMO. Op. cit. 58.
6 SAN AGUSTÍN, apud SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO. Op. cit. p. 22.
7 SAN LORENZO JUSTINIANO, apud SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO. A Oração. Trad. Henrique Barros. 24. ed. São Paulo: Santuário, 2012, p. 47.
8 SAN AGUSTÍN, apud RODRIGUES, Alfonso. Exercícios de perfeição e virtudes cristãs. Trad. Pedro de Santa Clara. 4. ed. Lisboa: União Gráfica, 1947, p. 8. v. II.

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